Extraño 3

No, no puedo, me da mucho miedo no hacer pie, le dije a mi padre. Pero si flotás bien, no pasa nada…, me dijo. El agua es una contradicción de estados para mí. Nadé con mucha fuerza hacia la playa.

Tengo en mi mochila las fotos que tomó Karen en mis días en Togo. Las fotos muestran mi caída en una calle llena de puestos de venta de comida de los más variada, carnes, frutas, animales vivos, se ven canastos llenos de especias. Están, también, las que me muestran en una cama del hospital, rodeada de muchas otras todas iguales, de fierro tubular, pintadas de blanco. Las sábanas son blancas, no hay, casi, objetos que denoten que eso es un hospital, podría haber sido un geriátrico. Tal vez el envase de plástico que contiene el suero denote que eso era una sala de enfermos. Cuando salí del hospital no podía moverme mucho, las piernas no me respondían bien y sentía que había músculos que no estaban activos. Me recomendaron que nadara. Hay fotos en las que aparezco flotando en un pileta rosa.

Karen Hoffmann es un fotógrafa alemana que vivió en Togo dos años en compañía de su novia, Elena, que estaba allí trabajando en un proyecto de ayuda humanitaria. Fue con Karen con quien crucé algunas palabras en francés antes de desvanecerme. Karen por medio de Elena consiguió que investigaran qué enfermedad me había dejado paralizado, sin conseguirse ninguna pista al respecto.

Después de estar inconsciente un año me recuperé. La compañía para la que trabajaba me indemnizó. A partir de ese momento no trabajo. Dejé de beber alcohol en ese periodo. No tomar me convirtió en un hombre calmo y triste.

Mi vuelta después de un año convaleciente y no tener recuerdos más que el de un cuarto azul, que nunca existió, fue difícil. En el tiempo que pasó desde mi regreso hasta ahora pude acomodar algunas cosas. El resultado de ese orden es una apatía total por la vida que me queda. Tengo 54 años, no tengo hijos, mi madre murió cuando estaba en África, hermanos no tengo. No tengo amigos. O mejor dicho, los tengo, pero nada me produce satisfacción en un encuentro con ellos; no son muchos, además.

Miro mi cuaderno de fotos. Nada por hacer. ¿Cómo sacarme el miedo a no hacer pie en el agua si mi vida no tiene fondo? Lo cierto es que ninguna vida tiene fondo. Algunas ilusiones son muy estimulantes, eso es todo.

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Extraño 2

El dolor era en la cabeza, en el medio de la frente. No podía dejar de escuchar música. Un sonido de cuerdas con una batería de fondo marcando un ritmo lento, pero firme. Las cortinas azules tapaban todas las paredes, incluso la puerta – cosa que descubrí con el paso de los días -. Cuando hablo de días es algo muy relativo, simplemente el tiempo pasaba y sabía que no saldría de allí por un tiempo.

El dolor de cabeza era en parte por mi abstinencia al alcohol. Pero a pesar de la dolencia había algo que estaba seguro que sería mi problema: no tenía voluntad. La música no paraba, era mi propio cerebro el que recordaba una música o, lo que es más probable, creaba música, porque era algo que no recordaba haber escuchado. No tenía muchos recuerdos. Con la música se repetía a modo de letra un nombre: Karen. No tenía idea de quién podría ser ese nombre, que por momentos me daba esperanza y en otros me daba el peor de los temores.

La luz se mantenía siempre con la misma intensidad, me permitía ver lo que comía y me permitía dormir algunas horas cada tanto. Con el paso de tiempo el dolor de cabeza se fue y mi cuadro de deshidratación , hasta ese momento constante, también. Cada vez que tenía hambre aparecía comida, siempre verduras hervidas y carnes magras. A pesar de haber un grifo en la habitación llegaban botellas de agua cerradas.

Estar en ese hábitat de luz azul se hizo normal y no recuperaba las ganas de hacer algo. Lo cierto era que nunca tuve cosa alguna por hacer que no fuese una obligación. Mi vida dedicada a una carrera que no quería hacer, que sufrí a cada paso como un desgarro en la carne. ¿Cómo podía haberme quedado quieto en ese lugar, en las frías aulas de una facultad de ingeniería gobernada por los silencios y las cabezas ocultas en los cuadernos de álgebra? El alcohol fue mi mejor escape desde siempre, para evadir mis pasiones ocultas y mi miedo a las relaciones con las mujeres, mis fracaso en mi matrimonio, mis relaciones encubiertas, mi poca esperanza en las personas, mis trabajos que siempre fueron contratos a largo plazo de algo que no me despertaba pasión…

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Conversaciones 3

- ¿Sabés a quién vi en el cine?
- No, ¿con quién fuiste?
- Con una amiga. ¡Vi a R.! Yo estaba haciéndole un chiste y me doy vuelta, y de frente la veo, con una sonrisa en la cara, yo. Como si le hubiese dedicado el gesto. Ella inmutable…
- ¡Uh! ¿Es hermosa como en las películas?
- Mh, sí. Pero…
- Sí.
- Sí, es hermosa, igual que en su última peli estaba, pero tiene las piernas flacas como un tero, además medio torcidas.
- Ahgr. Qué horror.
- Sí, espantoso. Imaginate, si se la presento a mi vieja y le ve las patas así de fieras… ¡Me mata! Además, tampoco me gustaron los pies, y eso es muy importante, tenía unas sandalias rojas muy fuleras. Así que una cosa menos en la cabeza. No estoy más enamorado de ella.
- Uh, joya. Es bueno saber que ciertas minas, que de por sí son imposibles, tienen algo que a uno no les gusta. Como Claudia Cardinale, que tenía los dos dientes de adelante un poco torcidos. Imaginate, espantoso.
- Sí, claro… como Julia Taylor que tiene el labio superior muy fino y si no se lo maquilla… mmh, pierde la gracia, además tiene otro defecto mucho más espantoso… tiene las pantorrillas como patas de elefante, como dos macetas en las puntas de esas piernas perfectas. Bueno a ver, pensemos en una perfecta.
- Fácil. Jennifer Connelly.
- No. ¡Debe tener vaginitis!
- Y… algo tendrá.
- Y no se puede esperar que alguien sea perfecta, lo idea es no mirar si es perfecta. Uno no puede esperar que una persona sea única, en cada uno de sus aspectos, hermosa, inteligente, intelectual, amorosa. Ahí ya sería un defecto de uno, digo,  evaluar cada cosa.
- Eso sería mucho trabajo además… Además de ser policía.
- Y, claro. Siempre pensé que existe un estado de perfección natural o terrenal y contingente. Por ejemplo, en este caso cuando uno no mira eso o, mejor dicho, no empiezan a pulular defectos… y cuando no hay distintos aspectos.
- Sí… cuando no hay evaluación.
- Sí, exacto. Bien resumido. Eso me pasaba con V. Cuando empecé a ver “cosas”, aspectos en los que me gustaba y en los que no, y empecé a medir, hasta que todo se acabó.
- Bueno, es una manera de ver los alejamientos.
- Siempre ocurre todo de un modo distinto y… algunas son mejores que otras. Después de todo uno quiere que ella esté detrás de volante y ser el pasajero.
- ¡Qué grande Gore!

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Extraño

Había ido al baño sólo por aburrimiento, de vuelta estaba por pedir mi segundo whisky cuando el avión comenzó el descenso, todos los que no estábamos en nuestros asientos tuvimos que asirnos de lo podíamos. Por mi parte me quedé pegado al piso, agarrado del borde un asiento. Con todo, esto era un pésimo augurio de lo que vendría. Viajar por una compañía africana no parecía algo que me dejara los nervios calmos.

En el aeropuerto me sentí mucho más “seguro”. Se parecía a cualquier otro aeropuerto de provincias. Como el vuelo llegó antes de lo previsto pude tomar un café exquisito sentado en una barra, como en cualquier otro café de cualquier otro aeropuerto. Tranquilidad.

Pero se acabó la calma muy pronto. Nadie apareció a la hora convenida. Nadie me buscó. Tomé la decisión de salir por mi cuenta. Dejé mis bolsos en una guardería. Intenté buscar un taxi, pero solo encontré autos destartalados. Todos me querían llevar y cada uno que me ofrecía el viaje, hasta el centro, bajaba el precio del anterior. Olor a carne asada y verduras hervidas, intenso, colmaba mis fosas nasales. La palabra es “incómodo”, era incómodo moverse por entre la gente. Todos estaban allí por algún motivo “comercial”. Todos estaban trabajando. Desde venta de porotos hasta puestos de piedras, desde carnear animales y cocinarlos en el momento hasta putas de 15 años que se ofrecían con la misma tranquilidad con que se ofrecían las tripas de los animales muertos, tripas calientes aún.

Cuando finalmente me decidí por un auto me di cuenta que no sabía a dónde ir, los datos de contactos estaban con mis pertenencias guardadas. Mareo. Por fin una mujer que entendía mi pobre francés trato de orientarme. Ojos verdes, expresión suave, labios rosas. Hablaba mucho, de manera muy “intelectual”. Conocía a las personas del grupo que me contrataba para mi trabajo de ingeniería que consistía en terminar los sistemas de riego de un campo de café. A medida que me hablaba caía una extraña noche, a pesar de ser sólo las cinco de la tarde. De pronto me vi rodeado de otras personas que venían con esta mujer. Todos hablaban, yo sentía un olor fuerte que pegaba en mi cabeza, en el fondo de mi cabeza. En la nuca. Me acordé de no haber tomado mis pastillas para la presión aquella mañana. Pero había algo más que no me cerraba. No confiaba en la situación. Desmayo. Negro, todo negro, como almíbar amargo en la garganta, pegajoso, todo pegajoso. Trompetas de color plateado en medio de un telón negro que me decían que las piernas no daban más. Una batería, una guitarra y un bajo, un blues pesado tocado con… tac golpe en la sien.

Fondo azul, cama con sábanas blancas. Una luz pobre en una pared, no hay ventanas.

Sabía que no volvería nunca a ser quien era.

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Asesino

Por el momento vas a estar en casa”. Eso fue lo que me dijo mi viejo. Sabía que por un tiempo zafaba de la cárcel. Pregunté qué iba a pasar con mi trabajo, me dijeron que renunciaba al día siguiente. A pesar de la gravedad del asunto mis padres se comportaban con mucha calma, de hecho en un momento mi madre dijo, “por suerte no me puse nerviosa”. Yo sí estaba nervioso, sabía que tenía que dejar mi vida cotidiana, pensaba en mis compañeros de la oficina, en que no iba a tener un sueldo todos los meses para mí, no iba a tener una casa para mí porque no iba poder pagar un alquiler, pero… además no entendía bien la situación: iba a tener que estar “guardado”. Eso escuché. Uno piensa en la angustia, pero en ese momento sentía algo tan tan vacío que entendí que eso era la angustia.

Entendía que veníamos de dar vueltas por oficinas de juzgados y algunos otros lugares que no sabía cuáles eran, a los que mi padre aludió con leves referencias. Tampoco llegaba a comprender cómo era posible que la jueza me hubiese dejado en libertad, ni cómo era posible que mis padres vivieran eso con tranquilidad, ni mucho menos cómo era posible que haya matado a un hombre.

El olor a comida era soñado, era como de una comida que uno quiere comer toda la vida sin conseguirlo y ahí estaba a punto de ser servida. No tenía hambre. Trate de levantarme para disimular mi desconcierto, pensaba en la familia de Bono, o los amigos, alrededor del cadáver y haciendo los trámites de traslados, entierro o incineración. Jamás estuvo en mis planes matar a nadie, sentía como si mi alma estuviese húmeda y en otra parte. Pero en el fondo, muy en el fondo, pensaba “alguien tenía que hacerlo”. Al mismo tiempo se me cruzaba por la cabeza “si a mi me gustaba El árbol de Joshua”.

No recordaba nada de cómo lo había matado, ni cómo me habían atrapado entre diez hombres a los golpes y no sentía el cuerpo dolorido ni tenía marcas visibles. Creía que no acordarme del hecho me libraría de la cárcel. Para posponer un poco la mesa familiar salí al patio de la casa y me alejé un poco, unos chicos me gritaron algo. Estaban jugando al fútbol y tirando piedras, salí y les escupí en la cara, con uno de lo más pequeños hice un molinete con el que les pegaba a los otros pendejos, cayeron de a uno al suelo, de la cara de uno vi salir un cacho de hueso, había mucha sangre, no soportaba ver a esos mocosos… quedaron en el suelo con los huesos rotos y gimiendo; ya no tenían fuerzas de gritar ni de decir algo.

Entré a la casa. La mesa ya estaba servida. Mi viejo me sonreía, me comentó algo acerca de los contactos que tenía que hicieron que yo esté libre, apenas lo escuchaba. En ese momento sentí como si una cucharada de azúcar alimentase mi sangre, una energía extra que llegaba de algún lado con algo de lucidez y dije, “no tendría que haber matado a Bono, tendría que haber matado a la hija de puta de Sonia”, pensando mi ex novia.

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Autorreferencial

Durante años escribí pensando en los puntos de inflexión de mi vida, en aquellos que fueron hitos, que son recordados con alegría o sufridos con eterna melancolía. Básicamente dos, mi supuesta felicidad hasta los seis años y mi primer amor casi veinte años después.

A partir de esos dos momentos se gesta un sujeto nostálgico, triste, introspectivo, alcohólico, pesado, desmotivado… siempre pensando en que esas pérdidas son imposibles de recuperar.

La foto con la señorita Olga a los seis y la luz del sol que nos iluminaba como… como si el que ve esa foto recién hubiese salido de la caverna y tomase contacto con la verdad. Eso era la belleza y el bien.

Y claro después lo otro. Ella, sus ojos azules, su cuerpo a mi medida, todo eso que yo me imagino que ella fue y que persiste como una roca dentro mío. Esa roca que no es más que un peso muerto, que es la historia hecha piedra y monumento, es lo que impidió que me mueva durante tanto tiempo.

Ahora… “Estoy en casa, apenas puedo escribir, estoy comiendo queso, acabo de abrir una cerveza”. Así se repite en mis diarios la misma entrada.

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Morrissey 2012 – Buenos Aires

Primero fue en el 2000. Hasta ese momento era algo impensable o sólo un sueño, hasta no verlo no parecía que eso fuese posible. Tenía delante mío al mismísimo Morrissey. Era impresionante tenerlo tan cerca, que el recital fuese en el Luna Park ayudó mucho a remarcar su cercanía. Todo fue increíble, todas las canciones, escuchar temas de The Smiths, ahí y por él un delirio. Su despedida con Shoplifters of the world united con su traje a lo Elvis: inolvidable. Debo destacar que mi momento de lágrimas fue con Half a person.

No soy muy adepto a los festivales, realmente creo que no se realza la música de ciertos grupos – a otros les queda un festival muy bien, pero no son la mayoría. En el 2004 por segunda vez en Buenos Aires, se presenta Moz con su cuello de cura sobre un escenario enorme, con una banda en un muy buen momento, que para mí no llegó a colmar mis expectativas. Creo que fue un mal movimiento al comienzo del show que hizo que me pierda en una multitud que saltaba acalorada, en medio de ese traspié me perdí por lo menos una canción y media. Cuando llegué a mi casa no pude hacer el listado de canciones como en el 2000. Resumiendo, lo disfruté menos.

¡Morrissey 2012, Buenos Aires! A la espera de su tercera presentación en esta ciudad me mando una que no tiene justificación: listado de mis cinco videos favoritos de quien es para mi un escritor que invirtió su vida convertirse cada día en mejor cantante.

5. My love life: sencillo, sobrio, perfecto.

  1. Will never marry: sólo para fanáticos
  1. November spawned a monster: increible, no me canso de verlo nunca.
  1. Everyday is like a sunday: Morrissey en estado puro
  1. Suedehead: el más hermoso homenaje a James Dean
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Fin de semana largo en la casa de mi tíos

A pesar del cartel de peligro que quedó de muchos años atrás, cuando la crecida del río era frecuente, es un zona tranquila. Cuando los padres de mi tío compraron esos campos sólo había quebrachos. Esa sería la mayor explotación que se proponían con esa inversión. El quebracho blanco les serviría para hacer carbón.

Instalaron una casa de adobe en el año cuarenta y nueve en medio de la nada. Por aquel entonces el padre de mi tío – es un tío político – era joven y podía ver esas tierras con mucha esperanza ¡Cuanto sol!, habrá pensado cuando clavaron los primeros postes que serían el soporte de la casa. Los relatos que llegan del viejo Cabrera son los de un joven con mucha energía y esperanza en el emprendimiento que iniciaba en esas tierras.

El paso del tiempo trajo a los hijos que crecieron colgados de aquellos viejos árboles como monos. Mi tío Jorge Ikaku Cabrera nos mostró las fotos de cuando era un niño y nos comentó: “esta es la foto en que la abuela me lleva al colegio”. Dijo, mientras nos mostraba fotos viejas. “Se puede ver en la mirada de los niños a los corazones detrás del guardapolvo”, pensé mirando esas imágenes amarronadas.

Mi tío conoció a la hermana de mi padre muy joven, ambos tenían quince años. Cuando la conoció pensó: ¡qué morocha hermosa!; eso fue lo que dijo cuando estaba ya un poco tomado después del almuerzo. Se casaron antes de cumplir los dieciocho años.

Esto es un resumen de la historia de ese pedazo de tierra y de esa casa de adobe. Bueno, a eso habría que agregar que en ella crecieron diez primos que hoy dan vueltas por el pueblo en moto o en el sulki como si de eso se tratara la vida.

Planee el viaje con bastante tiempo. Después de todo no era algo que podía improvisar. Fui a conocer a mis tíos y a mis primos. ¿Cómo es que no los conozco?, me pregunté tantas veces. Muchas veces a los familiares los unen las desgracias, traté de que eso no ocurra en este caso y viajé antes de que se muera alguno. Así es que no podría responder porque no los conocí antes… pero sí puedo decir porqué no dejé pasar esa oportunidad.

Mi abuela se casó muy joven. Lo hizo con un hombre mucho mayor que ella. Cuando mi abuelo murió, mi abuela se quedó sola y con muchos hijos a cuestas. Mi abuela se enfrentó Buenos Aires como varias generaciones del interior del país enfrentaron el éxodo a las grandes ciudades. Eso supuso un cambio fuerte en todos mis tíos, para todos con distintas consecuencias. Para mi padre eso fue muy duro. Pero no fue él quien se llevo la peor parte. Mi tía Azucena es la menor de todos los hermanos. Mi abuela la dejó con una prima suya y su familia que la criaron hasta que se casa con Ika Cabrera, el dueño de las tierras dónde vive ahora en esa casa de adobe.

Mi tía nunca viajó a la ciudad de Buenos Aires ni volvió a ver a sus hermanos hasta hace poco, luego de pasados por lo menos 20 años. Mi padre viajó hace como diez años para verla por primera vez en mucho tiempo, su recuerdo anterior de Azucena era de cuando ella era una niña.

Llegué al pueblo un viernes por la tarde con una bolsa llena de golosinas para los niños de la casa: paquetes de Rumba, alfajores Jorgito y muchos Cabsha. Además llevaba muchas bombitas de agua porque estábamos en Carnaval.

La casa de mis tíos queda a unos cinco kilómetros del pueblo. El propósito de mi visita era verlos a ellos. Me parecía muy cursi pedirles que me llevasen a conocer el pueblo que, después de todo, son sólo unas diez manzanas.

Del primer lugar que puedo hablar es del patio de la casa. Es una extensión de tierra en la que de fondo se ven algunos animales y algunas plantas no muy verdes. Ese patio era, a su vez, el comedor de la casa en el que el primer mediodía comimos empanadas hechas por mi tía; le salen muy parecidas a las empanadas de carne de mi abuela, es decir, de su madre, la que la abandonó. Curioso que logren esas dos mujeres un sabor tan parecido si prácticamente no se conocieron.

El único adorno de la galería, que daba al patio, era una cuchara de madera enorme. Mi tío me contó la historia, era un instrumento de su madre, que había heredado a su vez: “Una cuchara con mango de palo por la que todos los primos nos peleábamos” – Rememoró con los ojos húmedos. Me quedé pensado en qué podría tener de interesante jugar con esa cuchara, me quedé con la mirada de mi tío quien sí sabía algo que la mayoría de nosotros, en la mesa, no.

Luego del almuerzo caminé mucho con mis primos más chicos, el menor tiene cuatro años. Fue muy gracioso cuando vimos cuatro árboles juntos que hacían apenas un poco de sombra y uno de ellos dijo:  Acá un nene me tira arena en los ojos, en mi bosque. “Mi bosque” – pensé y me reí mucho.

En nuestro paseo también fuimos hasta el pueblo. Les pedí entrar a la iglesia, frente a la plaza principal. Necesitaba sentarme en un lugar un poco más fresco que esa arena a cuarenta y cinco grados que fue nuestro camino. Me senté en el primer banco de la iglesia. Para sentir un poco más de aire no tan caliente pensaba en una película sueca y meditaba una frase para alimentar mi fantasía: “El frío de la iglesia y las rodillas en la madera”. A pesar de lo profundo de mis pensamientos no logré ni un solo grado menos de sensación térmica. Puse mi mano en una baldosa y estaba casi tan ardiente como si estuviese bajo las llamas mismas del sol.

Después de tomar un helado de agua en el único quiosco abierto entramos a la escuela. Estaba abierta y en silencio. Entramos a algunas aulas. En un pizarrón estaba escrito “corazón de lámina en la pared del aula”. Frente al pizarrón había un corazón hecho con cartulina roja pegado en la pared con engrudo. Supuse que la frase era sólo una coincidencia.

Cuando volvimos a la casa, esa tarde, arrastrábamos a los más pequeños con cuerdas, cuerdas que encontramos en el camino. Esos pibes son unos salvajes y embusteros. Cuentan miles de historias: Ha visto chango, esas cuerdas las usa el almamula de noche… – dijo el más pequeño de los hermanos. No, esas son las cuerdas usa el David para ahorcar bichos allá atrás – intervino otro señalando al monte, eso me pareció más sensato. No changuito mentiroso… esas son las cuerdas con las que la vieja esa se limpia el culo – agregó el menor con cara culpable, claro que estaba mintiendo. Muchas otras cosas dijeron. Lo más gracioso fue cuando me arrastraron con las cuerdas ellos a mí por el camino arenoso.

A la noche luego, comer sanguches de milanesa, me llevaron a conocer el club del lugar que se llama “Club Unido”. Esta salida la hice con mis primos mayores. Al comienzo hubo un conjunto que se despachó con unos chamamés, que siguiendo la línea creativa de los fundadores del club se hacen llamar “Los chamameceros”. Ellos eran como el grupo telonero. La gente esperaba a “Los hermanos de Jacinto”, grupo que con su nombre y música homenajea a Jacinto Piedra. Fue el momento álgido de la noche. El violinista era increíble y el grupo lograba realmente un sonido muy similar a las grabaciones que tenía en la memoria de Jacinto Piedra, de ese mítico disco junto a Peteco. Luego terminó todo con un dj que pasaba, básicamente, cuartetazos.

El regreso a mi morada provisoria fue placentero, según me contaron. Aparentemente viajé por el camino de arena y tierra arrastrado con las mismas cuerdas con las que jugamos por la tarde. No me acuerdo nada. No creo que haya sido por la cerveza sino el cambio climático… que tanto me afecta.

No gasté mucho dinero o, al menos, no gasté tanto como si hubiese viajado a una gran ciudad. No dormí en sábanas de seda sino en un catre con una sábana, al borde del catre había una colcha, apenas un ovillo de lana gris, por si refrescaba por la noche, cosa que no pasó.

Durante muchos años mi padre supo que su hermana estaba en la casa de sus parientes, pero él ya tenía suficiente con su vida en la ciudad. Mi abuela nunca se acordó de su hija, Azucena, y si lo hizo se lo tenía bien guardado.

Sería fácil criticar a algunos de los implicados, o a todos, en esa historia. Pero es imposible estar en el lugar del otro. Nunca falta el imbécil, aliento a mierda, que dice: “si yo fuese el Diego”… y a uno dan ganas de decirle: “no sos el Diego, tarado”. A veces es mejor callar, como en este caso, en que no creo conveniente juzgar a nadie. Cada uno, a su manera, hizo su vida como pudo.

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Trampa de trampas

I

Tomé una decisión. Tengo muchos números de teléfono. Me dieron infinidad de volantes en la calle. Debe haber muchas personas que lo hacen, que van a ser atendidas, que atienden. Me recomendaron a una. Una conocida – éstas son cosas que uno no las comenta con los amigos – me dio el número de una mujer que lo hace: unión de pareja.

Hace ya años que la quiero. Le escribí una canción, antes de eso le dije que si ella no me amaba me iba a ir al interior del país con tal de no vivir en la misma ciudad que ella. Le regalé discos que no le gustaron: Chopin, Satie – un cliché desperdiciado, dos mejor dicho. Una vez pude tocarle una mano. No hubo caso.

Luego de un tiempo comenzamos a hablar más fluídamente; casi diría que llegamos a ser amigos o, al menos, buenos compañeros.

Siempre que hablamos me pongo muy nervioso, pero si ella está de humor nos reímos bastante. Adoro verla reír.

Nada sirvió. Así que tomé la decisión de llamar al número que me pasaron.

II

Hace tres meses que vivo con Verónica. Cuando empezamos a salir me sentía en una nube, por más que esto dicho sea de lo más ridículo, pero era así: era feliz. Le veía hermosa todo el tiempo, lo era porque estaba enamorada de mí. Cuando íbamos a las fiestas y tomábamos un poco bailábamos y sentía que podíamos volar por sobre el piso. Ahora si voy a una fiesta y veo a una pareja bailar, felices, me parecen lo más estúpido del mundo.

Verónica ahora me caga a pedos hasta cuando se me quema el café. Quiere que vayamos a vivir con su madre para ahorrar plata para casarnos. No quiere que compre manteca La Serenísima, o cualquier otra cosa de primera marca. Sólo quiere ahorrar para comprar un departamento de una ambiente y hacer una reunión después del civil; y claro una reunión el sábado siguiente.

Creo que voy a llamar a la bruja de nuevo para ver qué puede hacer.

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La sobreabundancia

En el tercer encuentro estaban todos ambientados al paisaje. Los participantes podían saludarse con la tranquilidad de los paisanos del lugar. En el convento reinaba una tranquilidad propicia para el tema de la reunión. El sol de abril hacía brillar las piedras del patio.
Rudolph Vernunft comenzó su lección más animado que en las reuniones anteriores. Más animado pero a su vez más calmo. Conocer a sus alumnos es algo que lo tranquilizaba. Eran ochos lo participantes. Dos alemanes, tres franceses, un argentino, un italiano y un español.
Cerca de la diez de la mañana comenzó todo como una simple conversación. El argentino comentó, en un buen alemán cómo se había encontrado con sus traducciones al castellano en la revista Sur. Siguieron comentarios en ese tono. Cuando habló Françoise los ojos de Vernunft tomaron un cariz notable. Se produjo alrededor de la voz de la francesa un silencio calmo. Vernunft pensaba en los cuadros de Cezanne. En las frutas apoyadas en un plato, quietas. Reposaba su cuerpo en el espacio y ya la silla no era una “silla”. Podía sentir que su estómago digería la comida de la primera hora; sentía placer del té recién bebido.

- Como hemos visto ayer aún nos falta mucho para llegar al concepto de sobrebundancia – Hablaba mirando a todos, y cada uno, a los ojos alternadamente – Lo primero que tenemos que tener en cuenta es cual fue el inicio del pensamiento que nos conduce a la posibilidad de pensar en nuestro concepto. No debemos pensar que se trata de una exageración sino de una posibilidad, que es constante en nuestras vidas y en nuestro ser.

El alemán continuó con la introducción de la clase. Mientras hablaba miraba a sus discípulos, pero también a los árboles que comenzaban a florecer. Eso le hacía pensar en su casa en el bosque y en su familia, ahora lejos. Ausencias, pensó y continuó. – en las ausencias se pueden vislumbrar los depósitos o remanentes del ser, en las ausencias no hay carencias.

Cuando pronunció la palabra “carencias” pensó: “¡Es eso! No presenta carencias, por eso Françoise genera deseo”.
Luego del almuerzo, algunos tomaron un poco de sol en una pequeña terraza. Otros tomaron por el camino que conduce al pueblo, en ambos sentidos, para dar un paseo, unos para un lado, otros el sentido contrario.
Françoise se quedó en la terraza donde almorzaron. Bebía un té y revisaba sus apuntes:

Fue con Parménides que se da el inicio, la posibilidad de un pensar, en el ser. Al vedarnos el camino del no ser en el poema nos muestra que es una posibilidad: El ser. Ambos caminos para nosotros serán una búsqueda, un auténtico sendero que no se ha transitado en la historia de la filosofía: thaumazein, como toda la presencia y que en el griego actual se puede entender como “maravilla”…

Todos volvieron relajados. Se sirvió café.  La conversación giró en torno a la unidad material. Alguien nombró a Balzac, La búsqueda de lo absoluto. Rudolph comentó que la unidad material sólo es posible si se entiende al ser como un único ser, y no era al caso de su pensamiento que se basaba en las posibilidades del ser del hombre.
Así el maestro siguió hilando palabras. Trataba de evitar mirar a la única mujer del grupo. Françoise estaba concentrada en sus notas, en las que había tomado por la mañana sobre Parménides.

Vernunft hablaba con la mirada perdida en pequeñas sombras. En las sombras de árboles cercanos. En pequeñas luces que pasaban por entre sus dedos. Se concentró un largo rato en mirarse las manos y sentir el calor de ambas al rozárselas. Giró su cabeza y se encuentra con el cuerpo de Françoise. Piensa: “En el amor todo es creación, manifestación pura, abundancia es posibilidad, pero no una sino infinitas posibilidades. Es perderse en un mar de posibilidades”.

Detiene su mirada en un pliegue de la piel de esa mujer que lo escucha atentamente. Ese pliegue se muestra casi imperceptible en ese cuerpo pequeño. Nuestro filósofo queda sujeto a esa imagen. A ese pequeño mundo. Ese pequeño mundo tibio, que a pesar de los movimientos del cuerpo de la francesa queda inmóvil. Ya no existe otra cosa. Ese tramo de piel es lo único que puede hacerlo respirar. Es ahora ese mundo tibio el que lo mantiene. Puede girar dentro de la piel, que muestra esas pequeñas pecas que por partes es rosa, más claro o más oscuro.

Vernunft piensa en la sobreabundancia de su visión y considera que la clase de hoy ha terminado.

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