Andrea

La primera vez que la vi estaba caminando por encima de unos escombros. Pero la luz del sol iluminaba su cabello. Dorado, todo. Era la imagen más hermosa que había visto en toda mi vida. Estaba por cumplir siete años. Ella, Andrea, era un año menor que yo.
Ese verano los padres estaban terminando una casa en la esquina de mi casa, al lado de la casa de mi abuela paterna. En poco tiempo sus padres se hicieron amigos de mis padres. Para mi suerte la inscribieron en la misma escuela a la que iba yo.
El primer año de primaria fue muy intenso. Había conseguido forjar muchas relaciones. Me peleaba con Mauricio en los recreos a las trompadas, viajaba en el micro con Carolina, era amigo de Verónica Zera, garabateaba mis primeras cartas de amor. Cuando la señorita Olga descubrió una de esas cartas, que le enviaba a Valeria, me hizo sentir un degenerado. Eso es lo que se llama un año intenso.

Pero, nada de eso es comparable a las tardes con Andrea. A pasar las tardes juntos ignorando la presencia de sus hermanos y la presencia de mi hermana. Luego de su siesta nos juntábamos por las tardes a jugar, no me acuerdo de ver la televisión juntos; no creo que esa haya sido nuestra actividad principal. Sí me acuerdo de la madre preparándonos la merienda, de su habitación, de una vez que rompimos una lámpara, de andar en bicicleta juntos. Su bicicleta era celeste.

Creo que la gente en general no entiende las relaciones de los demás. Así como uno no entiende, incluso, las relaciones en las cuales se encuentra inmerso. Lo que quiero contar es como la gente que nos rodeaba nunca pudo dimensionar lo que nos pasaba. Eso no es un problema. El problema fue que hablaban, desde la brutalidad, desde la ignorancia, desde la falta de sentido. Bestias. Cuando pasábamos juntos decía: “ahí va la parejita” o “son novios”. No entendían nada. Eso era otra cosa, era mucho más importante. Andrea era muy tímida y esos comentarios no ayudaron en nada.

Una tarde, un domingo, de otoño, estábamos jugando y nos caímos al suelo. Un gran terreno verde, de pasto fresco. Pude sentir su aliento y con eso el amor que sentía por ella llegó a lugares increíbles.

Creo que no vale la pena que cuente cómo ese amor desapareció. Esta vez no.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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2 respuestas a Andrea

  1. Gayta Perez dijo:

    Me encantó Dany! los recuerdos me invadieron de golpe y al mismo tiempo comparé que mis percepciones son muy diferentes de esa epoca.

    Me gusta

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