Excusas 23

Eran apenas las 10 de la mañana. Había salido de la ferretería para buscar café, para mí y dos de mis compañeros. Un café malo, de máquina, que se conseguía metiendo monedas. Una verdadera mierda. Tenía una resaca espantosa de cerveza, whisky y ansiolíticos. El trabajo en la ferretería me mantenía de alguna manera activo y me permitía seguir con mis “actividades sociales”.

Estaba frente a esa máquina cuando vi aparecer a mi ex suegra. Me puse pálido. Le pedí a esta mujer que me esperara afuera del pequeño local. Estuve a punto de caerme. Los pibes que atendían en quiosco me preguntaron si estaba bien, si me pasaba algo.

Una de las primeras cosas que pensé es que Mónica estaba embarazada. Claro, eso era ridículo y técnicamente imposible. ¿Estaba muerta, acaso? ¿Un accidente? Trataba de recuperarme mientras pensaba en todas esas y muchas otras posibilidades.

Beatriz me esperaba a una distancia prudente. Una vez recuperado la saludé nuevamente, un poco más tranquilo. No hablamos hasta llegar al local. Le dí el café a mis compañeros. Me contó esta mujer que ella y su marido se iban a vivir a España. Que Mónica se quedaba en el país sola y que alguien iba a tener que cuidarla.

¡Cómo pudo haber pasado eso, justo cuando estaba apenas liberándome de su recuerdo! ¡Venir a decirme eso! Lo primero que pensé que me estaban pasando la posta. Un dato claro, limpio y certero.  ¡Claro! Sí, era eso. Si no para qué tanta despedida y venir a decirme eso: que seguro Mónica iba a necesitar a alguien que la cuide.

Bueno, era mi oportunidad de recuperarme de mis viajes al infierno, de mis caminatas por la calle perdido entre pastillas y vómito. La estrategia era muy simple. Nada de correos electrónicos. Si Mónica tenía teléfono móvil no lo sabía. Así que la vía era llamarla a su trabajo, sin propuestas, solo para saber cómo estaba,  cómo andaban sus cosas. Las conversaciones fueron buenas, amenas y sin mesetas. ¡Listo! ¡Era el final!

Y ese fue el final. Nada de contactos forzados. Nada de cartas ni correos electrónicos. Una vez establecida la calma sólo un llamado y un adiós.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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