Breves recuerdos de la escuela primaria

Luego de aprender la primeras letras vinieron las cartas de amor. La señorita Olga fue la encargada de decirme que eso no estaba bien, que no tenía que hacer esos envíos, ni escribirlas. Las cartas fueron confiscadas. No puedo imaginarme a qué cajón habrán ido a parar. Seguramente un cajón frío y sin vida. Esas cartas no tuvieron el fin que uno hubiese querido: en unas pequeñas manos tibias que las guarden en una almohada perfumada. Una almohada sobre la que en la noche sueña una niña hermosa conmigo y mi bicicleta verde.

A pesar de ser una represora la señorita Olga era una mujer importante para mi, tal vez por eso era importante para mi. La tuve en primero y segundo grado. Nos picaba con una Bic trazo fino en la cabeza haciéndonos doler mucho. Eso no era lo peor. Lo peor fue cuando nos dijo deliberadamente que Papá Noel y los Reyes Magos no existían y eran nuestros padres los que montaban una comedia para hacernos creer que venían a visitarnos esos personajes desde muy lejos. En ese momento me pareció que decirnos la verdad era lo mejor que nos podía pasar; de hecho las sospechas ya eran fuertes. Con los años me di cuenta que con tantas “verdades” que nos fueron revelando nos hicieron mierda. Olga fue la mejor de todas.

Pobre la señorita Mary, la maestra de tercer grado. Estaba siempre como dormida, no aportó nada más que información. Tenía varios hijos; seguramente estaba podrida de ver pibes y cuadernos. La señorita Liliana saca el segundo puesto. En esa época ya no me enamoraba de mis compañeras; sí, me enamoré de Liliana. Fue terrible enterarme que el novio era el hermano de una compañera. Buena onda Liliana, me ayudaba mucho, me escuchaba, yo era un pesado a los diez años, bueno, no cambié mucho.

En quinto las cosas cambiaron un poco. Tuvimos varias maestras. Me acuerdo de dos, estoy seguro que ni ellas tenían idea de por qué eran maestras. Eso no era una desventaja. En un caso, Marcela, era una copada. Casi adolescente, tendría 20 años. Organizaba reuniones con alumnos selectos en su casa. Llevaba a otros en auto a su casa. Con esa maestra tuvimos nuestros primeros contactos con la educación sexual. Nos decía que nos teníamos que lavar bien el pito. Y yo le decía que ella insistía en eso porque no tenía uno. La otra maestra de quinta grado, de la que no recuerdo el nombre, era una estúpida. Una vez nos dijo que el pelo no se llamaba “pelo”, se llamaba “cabello”. Como siempre me interesó la etimología de la palabras le discutí argumentando que cuando uno se cortaba el pelo iba al “peluquero” y no al “cabellero”. No hubo caso… una idiota. En quinto tuvimos a un maestro, quiero decir que era hombre, no que era groso. La cara de orto más importante del mundo. Nada más que decir.

Por aquella época mi vida política estaba signada por el peronismo. Apoyaba siempre a los candidatos peronistas a gobernador y a los intendentes. Eso fue como lo de los Reyes magos, ya sabía que ese peronismo no servía y que solo era un nombre.

Tenía una compañera, que no pienso nombrar, con la cual había una competencia feroz. Ella tenía un abuelo que trabajaba en la municipalidad de San Miguel y me conseguía semillas con las que sembraba verduras en el jardín de mis padres.

Por esa misma época me di cuenta que no sirvo para los negocios. Mi primer negocio dio muchos frutos, pero esos frutos que pronto se pudrieron rápidamente: inflación. Mi padre me traía figuritas de los Super Amigos de su trabajo. En muy poco tiempo me convertí en proveedor de mi grado y algunos más. Hasta que un día la secretaria de la escuela me dijo que no podía vender más. Después de algunas vueltas el dinero juntado sólo me alcanzaba para comprar un Conogol.

Con las maestras de los últimos grados no tuve mucho apego. Y no tengo mucho, tampoco, que objetarles. Una de ellas, Alicia, me dió un Sertal un día que me llenaron el estómago de trompadas unos compañeros.

Para mi no es extraño hablar de recuerdos del colegio y no hablar de mis compañeros. No recuerdo alguno como amigo. Recuerdo con afecto amistoso a Sebastián y a Ramiro. También recuerdo a Valeria M como a una persona amistosa. Pero, en general, no tengo muchos recuerdos buenos o, al menos, no excepcionales. Era un grupo excesivamente competitivo. O, yo no supe desprenderme de eso. Tal vez no me juntaba con lo que buscaban amistad realmente. Por suerte, en el barrio si tuve amigos, no muchos pero sí puedo decir que tuve amigos.

Llegué a los trece años con la escritura de cartas de amor censurada, con desilusiones políticas y con el conocimiento, que llevo para toda la vida, de que lo mío no es hacer negocios. A los trece años intenté acercarme a las ciencias. Comencé desde el principio: matemática.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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