Narices

Cuando se dieron cuenta no tenían sus narices. Los cuatro viejos se vieron mutuamente sin sus narices. Cada uno lentamente tocó su rostro y no encontró sus fosas nasales. Cada uno tenía dos diminutos agujeros por los cuales aún pasaba aire.

– ¡Esto no puede ser! ¡Tiene que ser un sueño!
– Pero, claramente, esto es un sueño.
– ¿Les parece que esto es un sueño? A mí no me parece que lo sea.
– Calma, es solo cuestión de esperar caballeros. No hay que sugestionarse.

Los cuatro héroes decidieron dejar pasar el tiempo. No supieron hacerlo sobrios entregándose a beber una botella de grapa que tenían a mano. Antes del atardecer su embarcación comenzó a moverse violentamente. Cada uno al despertarse tomo su lugar, alrededor de la mesa, olvidándose de la conversación que habían tenido antes de su siesta. Cuando se reunieron a comer mendrugos de pan se sintieron dentro de una pesadilla.

– No, no, no.
– No puede ser. Esto no es un sueño…
– … parece…

Silencio. Se dieron cuenta de todo.

– Nos robaron.
– Nos robaron.
– Nos robaron.
– ¿Nos habrán robado?

Deciden registrar esa región de los mares del sur en su nave.

– Bueno, antes de comenzar esta nueva hazaña deberíamos comer un poco más de nuestro pan duro.
– Si, me parece bien. Deberíamos abrir otra botella de nuestra grapa.

Luego del improvisado banquete, cada uno subió a cubierta a ocupar su puesto. El timonel se mostraba circunspecto, pero confiado en esta nueva travesía. Trataban de imaginarse quienes de sus adversarios podían haberles robado esa parte de la cara. Debían pasar, para llegar al Muelle de lo Lirios, por varios controles de la Corona.

El primero de los fuertes que los divisó envió mensajeros para que en el próximo control los registrara. Los cuatros compañeros habían abandonado una expedición a tierras remotas; eran buscados por Cabeza de Cabra para matarlos lentamente como hacían con los nativos.

Al llegar al Pasaje de la Reina decidieron seguir a nado. Cada uno llevaba consigo una parte de la embarcación en sus bolsillos. Los vigilantes que miraban a los que pasaban nadando no imaginaban que llegaban hasta una fruta consigo. Nuestros amigos no eran los únicos que elegían hacer sus travesías a nado. Algunos recién llegados del Viejo Continente se trasladaban de esta forma para disfrutar del agua pura de la región.

Cruzaron los controles de dos en dos. Uno de los grupos buscó tierra rápidamente para descansar. No tenían mucha idea de cómo comenzar la búsqueda de sus narices… mientras descansaban una música de cornos y tambores los envolvió. Muchas voces acompañaban con una tranquila melodía. Trataron de pensar en sus hogares ya perdidos en su clandestinidad.

¿Cuántas cañerías se rompieron en la historia del hombre? Se reparan, o se comienza un nuevo sistema, la cabeza se pierde en esa cañería rota o en la obra por comenzar. Se queda prendido el asunto como si fuese un pensamiento y no es más que un murmullo, que pasa de sien a sien. Ese murmullo muta ora como mal, ora como ilusión.

Así vivieron nuestros héroes. Buscando lo que les habían robado. Muchas veces sólo buscaban reponer esa parte del rostro, otras veces creían poder derrocar a los emisarios de la Corona, imaginando una revuelta en esa parte del mundo. Otras veces, no pocas, la búsqueda de sus narices era una preocupación que les permitía moverse a diario.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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