Koni (versión definitiva)

Pinos verdes. Pinos verdes, nieve, pinos verdes, nieve, piedras, nieve. Una ruta acompaña las vías del tren que trata de subir por la montaña. Miro por la ventana tomando un té que tengo en un vaso térmico, el té que me preparó Konstanza, antes de subir al tren en la última estación.

– Te juro que no te entiendo, Konstanza…

– ¿Qué te pasa? – Seria, con sus labios finos muy juntos. Sus ojos oscuros, fijos, me miran.

– Eso es lo que quisiera saber, ¿cómo se te ocurrió irte a vivir tan lejos? Siempre supiste que yo te esperaba, que siempre te busqué, y cuando te encontré te fuiste a vivir al lugar más lejano que pudiste en el mundo. ¿Allá conseguís laca para tu pelo? Siempre me gustó tu pelo castaño, pero nunca me lo dejas ver, con esa cosa en la cabeza. No sabés cuántas veces te veía en el subte, en cines, en bares cuando te fuiste. Te veía en otras mujeres, eso sí, nunca en bicicleta o en el parque haciendo ejercicio. Pensando en vos compraba joyas de la literatura española, poesía, que nunca leía. – Podía seguir con esa perorata molesta todo el viaje.

– ¿Está bien tu té? – Compasiva, ella que nunca lo fue.

– Al menos haberme consultado, o darme tiempo para viajar con vos, en un momento lo pensé y empecé a hacer los trámites, pero claro, vos con tus tiempos… dejarme solo en Buenos Aires… Además, si cuando estábamos juntos estaba todo bien, era sólo cuestión de estar juntos porque nunca te propuse un plan, porque era imposible, siquiera pensarlo, pero era… fue una locura separarnos así de una día para el otro, a vos te gustaba cómo preparaba el café en mis tazas, servidas sobre la tablita de madera, las de siempre, las chiquitas que me regalaron una vez, mi amiga, la que vos no querías, sí esa. – Trato de cambiar de tema – Y… ¿cómo se te ocurre que es buena idea que yo te acompañe a ese lugar? Nadie me conoce. Vamos a llegar de noche… ¿Cuántos vinos nos habremos tomado en nuestros encuentros? Vos me pasabas a buscar por la editorial, ¿te acordás? – Ella asiente cansada de escucharme. – ¿Bares? Conocíamos todos los bares del bajo. Estaban nuestros preferidos, el de comida oriental sobre todo, pero claro, vos nunca comías. Eso… ves, no estaba bueno, porque a mí me gusta comer, disfruto mucho de la comida… Tu perfume, nunca me pude olvidar de tu perfume, el que usaba tu papá, en tu piel era fascinante, bueno, como ahora.

Se me secó la garganta y tomé conciencia de que el tren seguía trepando por las piedras de la montaña, pesado. Pensaba en el cuadro que llevábamos a la familia de la difunta y me olvidaba de todos los reproches que acumulé durante años para Koni.

Cuando nos veíamos por la tardes para tomar vino, hace muchos años, no le decía Koni. En general, nos llamábamos K, ella a mí y yo a ella. Pero ella para mí era Constanza. Después de leer, El amante de Lady Chaterley, en mi cabeza empezó a ser, ella, Cony.

La historia del cuadro es muy larga. La difunta era una parienta lejana de Koni, alguien que guardaba muchas antigüedades. Muerta ésta el reparto de esos bienes quedó en manos de Konstanza sólo por vivir en la misma cuidad que Herminia, la finada. La condición para que la familia, la madre de K, se quede con su parte, era que le lleven a la hermana de Herminia el famoso cuadro, la prenda más valiosa de todo el lote. De alguna manera con esto hacen todos negocio.

Ahora, bien, ¿cómo quedé yo prendido en esto? Viajando a un lugar lejano y frío casi sin motivo, más que acompañar a Cony. Creo que muchas veces me pasa, muchas veces me pasó, que no sé cómo decir basta, no sé como acabar con cosas que son un plomo. Sin embargo, estoy acá, con el tecito que me hizo C en mi mano.

Ella se levantó para chequear que esté todo bien con la caja que llevaba el cuadro.

La hermana de Herminia vive a 15 kilómetros de la estación del ferrocarril. Alquilamos una camioneta para transportar la caja con el cuadro. Sonia de la Fuente nos esperaba en la puerta envuelta en un chal de lana negro. Saludamos sin formalidades, entramos el cuadro muy rápido a la estancia principal de la casa de  madera. Sonia vive desde hace muchos años en ese lugar, en esa casa, su marido murió hacía muy poco tiempo, sus hijos viven en otros países.

La urgencia por abrir la caja no fue disimulada. Sonia lo miró y dijo:

– Este no es el cuadro de Herminia.

II

El viaje en camioneta hasta la casa de Sonia de la Fuente lo hice en el más completo mutismo. Cansado de hablar con Koni durante horas, y ella, casi sólo mirándome, sin decir nada. Me abandoné en un pensamiento que tengo desde hace años, que siempre es muy contradictorio en mí: la posibilidad de vivir en el campo. No en un lugar tan frío como en el que estaba pero sí en el campo, en la pampa. Con mucho verde, un arroyo cerca, un lugar donde pueda ir a comprar con mi bicicleta… Pero la verdad es que no me imagino sin caminar por Corrientes un sábado al mediodía para comprar libros y tomar una cerveza.

La fantasía aparece muy de vez en cuando:

Get out of town
Before it’s too late my love

No creo que piense tanto en salir de la ciudad, sino en eso de ser otro. Vivir por una momento mi vida como si fuese otro. Conocer a una mujer de ojos transparentes y enamorarme. Como fantasía es buena, además me permite mirar por la ventana sin comprometerme con lo que veo, y pasa por todo mi cuerpo al pensar que estoy comiendo queso a la vera de ese arroyo.

Mientras Constanza mira al frente sentada entre el conductor y yo.

III

Luego que la señora de la Fuente nos dijera que ese no era su cuadro, el cuadro de su familia, nos pidió muy en calma que fuésemos a descansar. Cosa que hicimos. Cony había viajado mucho más que yo. Nunca fue una persona que hablara mucho, estaba muy silenciosa, la verdad es que esto me estaba preocupando un poco.

La habitación que nos asignaron era muy grande. Más que una habitación parecía un galpón. Los adornos de las paredes ayudaban a que tuviese esa sensación. Rebenques, herraduras, trenzas de cuero, faltaba la alfalfa y era una establo.

Sabíamos que por lo menos pasaríamos dos noches en ese lugar, por los horarios del tren, que no permitían muchas combinaciones.

¿Pensás quedarte en Buenos Aires? Tenés a tu madre allá, dije. No pienso quedarme acá, en este país, cuando me fui, me fui para no volver, dijo. Pero eso se puede modificar, sigo yo, no firmaste nada, podés quedarte, sabés que estoy separado, podés quedarte en mi casa un tiempo, K.

Estoy embarazada, dijo K.

Una lección que aprendí una vez y la sigo bajo cualquier circunstancia es fingir alegría ante cualquier embarazo. En ese caso, siempre se puede arreglar la cosa. En ese caso queda tiempo (de sobra) para demostrar lo contrario.

Bueno… ¡te felicito C!, dije con cara de santo de la pampa. Ella dijo, no, no estoy contenta. Silencio. Miré su cara pequeña, los pliegues que siempre (desde que la conozco) tuvo a los dos lados de su boca, sus finos labios, su piel blanca, casi transparente. Traté de forzar un consuelo, un aliento, algo con mi mirada. No sé qué habrá resultado. Siempre supe que ella no quería ser madre, porque me lo dijo claramente. (Ese era uno de los motivos de alivio cuando ella se fue a vivir a Edimburgo). La tomé de los hombros pequeños cubiertos de abrigos de invierno. Mi Ce.

IV

Esa noche una ayudante de Sonia de la Fuente nos avisó que la señora no estaba bien y que no comería con nosotros. Aprovechamos para conocer el único restaurante que había cerca. Comimos una sopa de verduras y avena de entrada, el plato principal fue una carne de cordero al horno y batatas. Tomé un vino que nos recomendaron. Cony tomó agua. Estábamos como ausentes, es lo que pasa cuando uno calla.

Por la mañana desayunamos solos en una cocina muy grande. Una señora que no habíamos visto el día anterior nos ayudó con esa comida. Cuando terminamos nos llevó hasta un jardín de invierno cubierto de vidrios que dejaban pasar la luz del sol patagónico. Sonia de la Fuente nos esperaba con el café.

Como les dije ayer, comenzó, ese cuadro no es el cuadro que estuvo en poder de mi hermana Herminia durante cuarenta y dos años. Eso lo sabía antes de que ustedes llegaran. Ahora se los puedo decir, porque, además, cuando le cuenten a alguien lo que les diré nadie les creerá. Siguió, hace dos meses, dos meses y algunos días, murió mi esposo. Cuando lo vi morir en nuestra habitación supe que mi hermana no tenía ya el cuadro en su poder. Esa obra nos separaba de cualquier mundo que no fuese el que nos unía a los cuatro. Lamentablemente, Adolfo, el marido de Herminia, murió en un accidente en una ruta en unas vacaciones. Algo inevitable. Pero ese cuadro nos tenía bajo la protección de Dios a los cuatro, también a Adolfo que está en el cielo.

Con Konstanza no entendíamos bien qué nos decía. Apenas nos miramos, como somnolientos, a pesar de estar bien despiertos.

Sonia siguió, sabíamos que algo así podía ocurrir. Muchas veces supimos de gente que conocía la existencia del cuadro y de sus virtudes.

V

Cuando volvimos a Buenos Aires, K. se quedó en mi casa uno días. Hablamos mucho. Pasamos juntos fines de semana, uno fue para viajar a Azul a la casa de su madre. Yo no conocía a la madre de Koni. Fue todo muy simple, desde el trato hasta las comidas. Constanza esperaba volver a Edimburgo para resolver sus cosas, su maternidad y algunas cuestiones laborales… Poner a su novio al tanto de su embarazo, sobre todo.

Todo fue tranquilo en esos días, a pesar de la noticia de la muerte de Sonia de la Fuente. Ver a Cony tan tranquila, enfrentando algo nuevo… siempre fue valiente. Una situación completamente nueva para mi. En muchas oportunidades la miraba y no podía creer que volvía a verla.

La noticia de la muerte de Sonia de la Fuente no sorprendió a la familia de C. Simplemente dijeron que estaba loca y que ese cuadro era su deliro místico y que el único valor que tenía era el marco. Kontanza decía que no estaba tan segura de que ese cuadro fuese una estafa. Era una reproducción del siglo XV de la Virgen María y el niño Jesús, un tanto crecidito el pibe ya. Pero, no creía que tuviese la capacidad de inmortalizar a sus dueños y allegados.

Lo que pude averiguar acerca del cuadro es que llegó a la familia de la Fuente, del marido de Sonia, en un envío especial desde Alemania en julio de 1946. El cuadro había sido bendecido por el Papa Pio XII. ¿De la Fuente? No coincidía el apellido con la historia del cuadro. Pero si coincidía con la fisionomía del marido de Sonia y su familia.

¿Qué clase de ingenuidad llevó a Sonia de la Fuente a pegarse un tiro de escopeta en el corazón? ¿Fue una fe ciega o la estupidez simplemente? ¿Qué tipo de delirio tuvo para verse así misma muerta por una bala enorme en su pecho?

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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