Restos para hundir

Mi madre me alcanza un mate antes de que me sumerja en el agua podrida. Con mi traje de neoprene me tiro al agua podrida en busca del último casco del día.

La empresa familiar funciona bien. Mi madre se encarga de la facturación de cada trabajo. Mi hermano se encarga de la parte comercial, hace los contactos, analiza cada caso y lo presupuesta. Esto es así desde hace muchos años. Cuando mi padre murió hace, cinco años, yo comencé a hacer los trabajos. De algún modo conocía esto a la perfección, porque acompañaba a mi padre siempre que podía en sus buceos de trabajo.

Una vez alguien me dijo que tenía humor choto. Fue cuando decidí que no iba a hacer esos chiste morbosos que hacía y me dedicaría a escribir. Quería escribir todo lo que veía, lo que sentía, todo lo que la gente sentía, crear un mundo infinito en mi obra. Lo que pasó fue que todo lo que escribía comenzó a hablar de mí y ese mundo infinito se convirtió en el ente en su totalidad. Una mole sólida que no dejaba que fluya mi vida y hacía que mis trabajos fuesen cada vez más autobiográficos. Alguien una vez lo resumió estupendamente: “sos un mente podrida”. Dijo Cielo cuando leyó uno de mis escritos que entendió que era autobiográfico; y no se equivocaba.

Dejé de escribir y me dediqué a mirar por la ventana de mi habitación que daba a un edificio enorme; la ventana daba a una pared gris. No hacía nada y podía pensar mirando esa pared todo el día. La muerte de mi padre hizo que me haga cargo del negocio familiar. Con el primero de los sueldos fui a comer a un restaurante español de Avenida de Mayo. La carta eran tan larga que terminé comiendo ñoquis con estofado. Ese mismo día compré un vinilo de Tangerine Dream. Mientras escuchaba ese disco dibujaba cebollas cortabas al medio que dejaban caer un jugo extraño. Contenían planetas de papel y otras cosas que ya no recuerdo. Dentro de ese mundo de papel anaranajado había un huevo brillante que contenía una vida extraña.

Mi vida cambió con la muerte de mi padre. Dejé de estar encerrado en mí mismo y fue cuando realmente el mundo, mi mundo se expandió. No sé si podré volver a escribir alguna vez, pero ahora puedo dibujar rostros de mujeres, cuerpos desnudos, manos trabajadoras, flores muertas, cadenas oxidadas, vías de trenes. Además me dedico a mi trabajo de hundir cascos de barcos. Los hundo más. Los hago desaparecer a la superficie para siempre. Lo importante es poner la cantidad de explosivo justa para que se termine de fisurar la superficie de los cascos. Hundiéndose para siempre ese resto de barco putrefacto.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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3 respuestas a Restos para hundir

  1. rafa dijo:

    Un vinilo de Tangerine Dream!!! Se me pianta un lagrimón…

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  2. Si, pero esas cosas ya no existen más. Ésta semana me deshice del tocadisco que no andaba, estoy por tirar la videocasettera ¿o mejor la vendo?

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    • Rafa dijo:

      Mmm, no preguntes ese tipo de cosas, este es un blog de alta literatura, no quisiera mancharlo con una guarangada, pero me estás tentando, jaja

      Vamos a decir: muy bien por la autocita! (hiciste una autocita o recuerdo mal?)
      Un abrazo

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