Las aguas bajan turbias

El sábado estaba profundamente triste. Por varias cosas, una en particular. Vi Las aguas bajan turbias (1952). No parece un buen programa para alguien que está medio bajón. Pero resultó que me llenó de fuerza ver esa película.

No deja de inquietarme la forma en que se manifiesta la tecnociencia; en cómo el entramado (Gestell) no deja nada fuera de su red. Lo inquietante es que la forma que toma a veces es muy precaria como ciencia en sí. Se trata en muchos casos, en el caso de economías escuetas (decir economías pobres no es correcto en este caso; con una economía pobre se puede vivir), de simple sumas y restas. De esas sumas y restas depende el destino del hombre y no sólo el destino sino también la vida. Los contrataban para la cosecha de la yerba mate, luego de su sueldo les cobraban los traslados, alojamiento y comida son los que los trabajadores quedaban siempre debiendo a los contratistas.

En la película de Hugo del Carril se puede ver que el que no muere ve su destino sujeto a algo injusto e impune. Uno de los personajes sabe que la mujer que ama ha sido violada por uno de los mandamás. Él enfrenta esa situación.

La tragedia griega se caracteriza según Aristóteles por un elemento que no está en consonancia con la Physis. Por ejemplo, la presencia de un gobierno déspota. En este caso, la tragedia se presenta cuando una situación es vista (enfrentada) desde el lucro de las sumas y restas, como explotación de los trabajadores, y no desde el destino del pueblo. Que, como destino del pueblo, afecta la intimidad de hombres y mujeres.

En nuestro país eso de observa repetidas veces a lo largo de la historia. Puedo recordar este caso ahora que vi la película, pero lo mismo ocurrió con la zafra en los ingenios azucareros, borrando pueblos completos del norte argentino. Ver Rió arriba (2007).

En la película de 1952 uno de los personajes pregunta por le entidad del sindicato; un compañero le contesta que el sindicato está en todas partes, a lo que le responde “vamos a buscarlo”. En esa escena sola están resumidos muchos años de lucha y cambios. Que el diálogo no mencione a un sindicato en particular le da al asunto al carácter ontológico que el problema reviste.

A 58 años de ese estreno hoy uno puede ver que sigue habiendo hijos de putas que suman y restan sólo en beneficio de su bolsillo.

El śábado me sirvió para esa gran película y para escribir este breve texto sobre un problema que vengo pensando desde hace algún tiempo: esas terrazas de cultivo que se ven en Río Arriba no tuvieron que haber desaparecido jamás. Así como no tuvo que desaparecer ningún pueblo, ni manoseado ningún trabajador.

¿Quien tendría que pensar en el destino de un pueblo? Claro un gobernante. ¿Quién elige a los gobernantes? Nosotros.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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5 respuestas a Las aguas bajan turbias

  1. Gayta Perez dijo:

    Evidentemente siempre habrá cosas que no cambien jamás!

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  2. rafa dijo:

    Muy bueno este texto che, aunque como te adelanté, le encuentro algún que otro problema. Sin ánimo de polemizar, claro, sino de pensar juntos.

    Primero la cuestión del pueblo: no estoy muy seguro de cuál es el referente de esa palabra, así que más problemático se me hace hablar de un destino de ese referente que no termino de identificar. Creo, en un principio, que en todo caso siempre habrá pueblos más que un pueblo, y que la unidad que da el Estado-Nación es, en todo caso, abstracta: dice mucho y no lo suficiente, al mismo tiempo. Mucho, porque pretende ser una unidad muy grande. No lo suficiente, porque tiende a meter muchas cosas en la misma bolsa sin dar cuenta de las singularidades (¿Tilcara y Recoleta son parte del mismo pueblo?). Esto es una obviedad, pero lo digo porque como concepto, la Nación me parece más bien una noción jurídica, y no ontológica en un sentido heideggeriano. No sé si es esto lo que estás pensando cuando decís “pueblo” (más allá del evidente tono heideggeriano del texto). Digo, en cuanto a la relación Pueblo-Nación, no sé si son dos palabras que para vos tienen referentes distintos o que hablan en distintos niveles, como lo pienso yo. Digo esto porque inmediatamente ligás la cuestión del pueblo con el segundo problema…

    … que es la cuestión del voto. El voto determina quién tomará las riendas del Estado-Nación. También es complejo, porque si bien valoro esa toma de conciencia de la importancia del voto, no estoy seguro de que sea un punto tan importante a nivel del pensamiento (sí lo es desde un punto de vista cívico, por supuesto). En todo caso, si hubiera pueblo, no debería venir determinado sólo por el líder que elegimos, sino por las prácticas que realicemos, cada uno desde su lugar. De todos modos, es compleja la dialéctica que va del pueblo a su líder, un ida y vuelta que es constituyente hacia ambos lados… y del punto anterior se deduce que yo pongo entre paréntesis la existencia de un pueblo en sentido heideggeriano, por no decir que directamente me cuesta creer que haya tal cosa en nuestro contexto.

    Por supuesto que comparto totalmente la denuncia de la aproximación a la existencia a partir del cálculo, y otras cosas que mencionás. Pero este comentario ya se alargó demasiado…

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    • Utilizo el término pueblo en dos sentidos. El primero claramente es en el sentido heideggeriano de pueblo, el del hombre en contacto con la tierra. En este sentido como vos indicás no hay un solo pueblo bajo una nación o estado.
      En el segundo sentido que aparece, es un sentido mucho más laxo. Ahora te digo por qué.
      La elección de la figura del héroe (heroína) no se hace mediante las urnas, entrar en juego otros valores como el carisma del héroe y el amor del pueblo, en el primer sentido.
      Tal elección puede hacerse como paso pragmático a travéz de las urnas. Porque: a) el pueblo en sentido amplio no es capás de hacer siempre una lectura del carisma (más en estos tiempos en que eso casi no existe). b) El voto es aún una práctica política no internalizada por toda la sociedad. La única práctica que se hace patente en muchos sectores es la práctica de la queja; sin entender de qué se trata la democracia (Ahí podríamos hablar de Paul Ricoeur hasta Derrida).
      Te preguntarás por qué hago ese salto entre dos conceptos que llevan el mismo nombre. Lo hago porque creo que hemos visto en los últimos años una forma de política que debemos apoyar, desde el amor o desde la urnas a Néstor y a Cristina.

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      • rafa dijo:

        Si, claramente es necesario, cuando hablamos de política desde un punto de vista filosófico, diferenciar varios niveles de sentido y de realidad. Mas o menos tus dos sentidos de la palabra pueblo veo que son similares a la distinción entre el sentido heideggeriano de pueblo y quizás el sentido laxo se pueda asociar a la palabra “sociedad”. De uno a otro, está mi distinción de lo que concierne al pensamiento y lo que concierne a un interés, digamos, cívico.
        La doxa imperante, de la queja constante y vacía, hace que sea muy dificil llegar a una meditación seria cuando ni siquiera tenemos asegurado un piso mínimo de sentido común democrático.
        Así que en líneas generales me parece que no hablamos de cosas diferentes en este caso, más allá de las diferencias en el estilo.
        Entre paréntesis, estos días volví a leer a Heidegger a raíz de nuestra investigación en torno al pliegue. Los textos reunidos en “Conferencias y artículos” son una maravilla…

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