La historia de la cadena de Callao y Perón

Jorge se quedó sin trabajo. Escribía para una revista del interior una columna de novedades editoriales. Un vez al mes comentaba en una nota, ni muy corta ni muy larga, las novedades. Hacía una selección amplia, incluyendo novelas, ensayos de actualidad y alguna otra como un libro de crítica literario o algo de poesía. En esa mera descripción no emitía opinión ni profundizaba mucho.

Un día le pidieron que pase por una oficina en el centro para retirar su cheque como todos lo meses. En el mismo sobre había una carta firmada por el director de la revista en la que contaba que cerraban sus oficinas en Rosario. Con ello un diario, además de la revista. Simplemente las cuentas no cierran, decía en el último párrafo.

Jorge había perdido algunos otros trabajos en los últimos meses. No llegaba con la guita a fin de mes. Cambió de departamento por uno más pequeño. Dejó de salir a comer a afuera tan seguido. Bajó el número de libros y revistas mensuales.

¡Qué mala racha! Si hace unos meses venía la cosa muy bien.

No todo fue negro en esos días. Jorge conoció a Ángela en el bar de la esquina de su casa. Luego de compartir algunos desayunos durante una semana combinaron una tarde para tomar el té y andar en bicicleta por el parque. A Jorge le venía bien hacer esto. Lo entretenía y compartía horas con una mujer hermosa. Ángela tenía el pelo muy oscuro, la piel muy blanca y fina, ojos color miel y brillantes. Vestía de manera sobria y casi siempre ropa hecha de telas sin estampados.

A los quince días comieron en la casa de Jorge unos bifes con puré que cocinaron a medias. A la semana siguiente comieron unos omelettes que hizo ella, que los hacía de una manera diferente a la de él.

Jorge supo desde el principio que Ángela vivía con su novio desde hace diez años.

Después de dos meses de perder su trabajo de la revista de Rosario los fondos de Jorge apenas le permitían desayunar en su casa. Ángela lo invitó varias veces a desayunar en el bar, ambos podían hacer eso sin problemas. Fue cuando él tuvo que intensificar la búsqueda de trabajo.

En un diario, vio un martes, el siguiente aviso:

Se busca periodista joven con experiencia en reseñas para revista masculina. Llamar al 4683-2454

Jorge llamó. Le dieron una entrevista para el día siguiente.

Llegó al despacho de la revista. En las paredes se veían mujeres en ropa interior o de baño. La revista pretendía ser una revista erótica para hombres con cierto “estilo” le dijo el director de la redacción, Oscar Salatino. Le dijo directamente que lo iban a probar unos números, que iban ir viendo. Le dijo que el trabajo era casi el mismo que hacía para el diario de Rosario: comentar.

Jorge tenía que comentar películas pornográficas de los principales distribuidores de la ciudad con los cuales la revista mantenía relaciones. Fue así como se armó de una colección de películas pornográficas importante. En ningún momento le contó esto a Ángela; sí le contó que consiguió un trabajo en que hacía breves reseñas para una revista pero no detalló qué tipo de revista y mucho menos que tenía que mirar películas porno y escribir sobre eso.

Oscar Salatino era un ser despreciable pero Jorge casi no lo veía. De hecho, un día, que se lo cruzó en la redacción, le dijo que no era necesario que vaya tanto mientras haga las entregas.

Pasaron dos meses. Jorge seguía con los encuentros con Ángela. Él estaba cada vez más enamorado y se estaba poniendo pesado eso de verse y ser sólo amigos. Pensó en decirle que no podía verla más y explicarle por qué. Eso pensó un jueves. El sábado siguiente por la mañana tenía que entregar para la revista una reseña y además le habían pedido que escriba un artículo sobre indumentaria masculina. Ese pedido lo hizo atrasar un poco.

Salió con el tiempo justo para llevar el archivo en un pen drive y hacer las últimas correcciones en la redacción. Montó su bicicleta y a las pocas cuadras lo llamó Ángela, a su celular, un tanto extraña. Le dijo que tenía que hablar con él. Jorge le dijo que tenía el tiempo contado, pero que la esperaba en la esquina de la redacción. Llegó a Callao y Perón y le puso la cadena a la bicicleta. Cuando estaba haciendo esto llegó Ángela. Jorge levantó la vista para saludarla y el mundo se iluminó. Se dió cuenta de todo. Sabía que ella había dejado a su novio.

Tomaron un cortado cada uno. Ella le confirmó que había dejado a su novio hace algunas semanas atrás y le dijo que quería probar estar con él. Jorge no cabía en su propia alma de alegría. Todo eso en quince minutos. Cuando salió para la redacción de la revista, corriendo, la bicicleta no estaba. En su lugar estaba la cadena perfectamente atada. Miró a Ángela y le explico que, probablemente, ató la cadena pero no a la bicicleta. Decidieron dejarla ahí como recuedo de aquel día sujeta al palo que indica los nombres de las calles.

Años más tarde Jorge le contaría la historia de la cadena a Sofía, la hija que nació de esa unión, cada vez que pasaban por esa esquina.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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3 respuestas a La historia de la cadena de Callao y Perón

  1. Pingback: Daniel Altamiranda | algunas son mejores que otras

  2. Sebastian dijo:

    Dani, no se que hago leyendo todo esto, a veces agarro un Blog y lo dejo antes de comenzar a leer porque se que va a ser aburrido y no estoy para perder tiempo. El tuyo no es la excepcion, pero por algun motivo me entretiene leerlo. Muy bueno. Todo.

    Me gusta

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