Isla Negra

Llegué al pueblo alrededor de la tres de la tarde o las dos; pero para mí eran las tres de la tarde. Acababa de dejar Santiago en donde no lo había pasado bien. De hecho, lo pasé mal. Necesitaba salir de esa ciudad. Tomé el metro hasta la terminal de ómnibus y saqué una pasaje a ese lugar mítico de la poesía latinoamericana, Isla Negra.

El micro me dejó en la ruta que cruza el lugar. Le pregunté a una mujer, que atendía una panadería, en donde podía dormir. La señora, muy simpática y sonriente, me dijo que había un lugar, cruzando el puente, subiendo la cuesta, y doblando un poco, en un portón de madera, me dijo que había un perro negro, alquilaban habitaciones. Tomé mis bolsos, mis dos mochilas, y seguí costeando el camino que me indicó.

No había comido ese día, así que me detuve en un bar. Había solo gente del lugar que me miraron con caras poco amistosas. Saludé, sonreí y me senté. Pedí un sanguche de carne con queso y una cerveza. (No recuerdo la marca de la cerveza, pero era una marca del lugar).

Llegué a la casa después de una subida importante, que luego rindió sus frutos. Me dieron una habitación que tenía vista al océano, desde lo alto, se veía parte de la casa de Neruda, el puente por el que había cruzado y la playa. La vista era perfecta. En la casa no había más personas que los dueños del lugar y yo. Una pareja con un hijo de diez años (muy parecido a mi amigo Javier cuando era niño). Estaba, así, en el lugar que necesitaba después de haber pasado una semana inhóspita.

Esa tarde me senté en la puerta de mi casa nueva a comer una picada de queso y cerveza Heineken. Bueno, ahí ya estaba mejor, me acuerdo de la marca. Me pude relajar bastante.

Al día siguiente, los dueños del albergue, me dijeron que podía comer con ellos, si les pagaba una cifra módica. Acepté, claro. Cuando entré al comedor (enorme, preparado para recibir a muchas personas, pero en el mes de abril ya no había turistas) veo a la mujer simpática de la panadería que me había recomendado el lugar con su delantal de cocina, sonriendo. Era amiga de esa familia.

El plato era una carne guisada con papas, una cosa deliciosa, algo exquisito. Qué bueno es comer comida casera y sentirla en el alma. Antes de comer, el padre de la familia dijo que íbamos a agradecer los alimentos. Casi me río, pensé que era un chiste. No, no lo era. Agradecimos. Comimos. Me convidaron con vino.

Estaba bien, podía ya ir a la playa. Fui a la playa a escribir y a leer. Estaba leyendo Diario Argentino de Gombrowicz. Por la tarde desde la puerta de mi cuarto pude ver atardecer nuevamente. Ese mismo día había visto la foto de Baudelaire en el escritorio de Neruda.

Un buen regreso a mí mismo.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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3 respuestas a Isla Negra

  1. rafa dijo:

    Casi como la cabaña de MH, o H3, que me gusta más…

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    • Casi. Cuando terminé el relato de lo que me di cuenta es que la escena de la playa no era de calma. Por el contrario, es una escena de desarraigo. En ese punto me parece interesante encontrar “calma” en una situación que no es del todo reconfortante. La cita de ese libro de Gombrowicz, que habla del destierro y el errar constante; la mención de la foto de Baudelaire, con su mirada nerviosa, siempre acosado por sus deudas, seguro que le debía dinero hasta al tipo que tomaba la foto, no son imágenes de sosiego.
      En este punto creo que se puede pensar en un tipo de búsqueda creativa o al menos no desesperada, dentro de la inhospitalidad.
      Con respecto a la cabaña de H3: por el momento es algo lejano, pensar en un lugar en dónde pueda acuñar el pensamiento (entiéndase literatura, filosofía o meditación). Pero me imagino que se trata de seguir en el camino.

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