La misma piel

Estoy en la terminal de ómnibus de Retiro con mi cuaderno abierto. Escribo el inicio de mi biografía. “Nací hace casi 33 años, el 1 de marzo de 1978… ”. Acabo de comprar un boleto a una ciudad que no conozco, un boleto a una ciudad en dónde no conozco a nadie. Me decido a esperar a que salga el micro, pero me dura poco. Vuelvo a mi casa, duermo una hora. A las 6 de la mañana tomo un taxi, llevo mi mochila con ropa para dos días, tal vez me quede tres. Llevo dos libros y mi cuaderno con el fotograma de Manhattan.

Otra vez en un micro, huyendo. Otra vez cansado de mí. Llega siempre un momento en que uno se cansa de sí mismo, de su cuerpo (de su pelo, de su aliento, del ritmo de su sistema digestivo, de cortar siempre las que parecen ser las mismas uñas). Cuando uno se cansa de su cuerpo ocurre que todo a su alrededor, alrededor del cuerpo, comienza a parecer rutina, aunque no lo sea exactamente. ¿Cómo es imposible huir del cuerpo de uno? ¿Se puede optar por modificar el entorno? Esto es no irse de vacaciones, ni visitar una tía en el campo.

Bajo del micro descompuesto. Con el estómago destruido. Me quedo en un hotel, Hotel Dior (si pongo el nombre del hotel es para dar cuenta de lo morondanga que es), cerca de la terminal. No tengo planes. Conseguí un mapa de la ciudad. Después de bañarme salgo a caminar. Llego a la plaza principal. Me resulta conocida, como si ya hubiese estado allí. Los dibujos del piso de la plaza, algunos edificios… ¿no era un lugar que no conocía?

Me siento en un bar, pido un lomito, una cerveza, doy por perdido mi estómago y con ello todo mi sistema digestivo. Me traen la cerveza y los condimentos. Con los sobres de mayonesa y mostaza y chetchup me dieron una tijerita para no tener que arremeter con los dientes. Me causó mucha gracia. Miro a través de los vidrios y pienso en por qué tengo reminiscencia de esa plaza.

¡Claro! La ví en una película. Le envío un mensaje a mi amigo Ernesto. Ernesto me pregunta qué carajo hago en esa ciudad. Nadie estaba el tanto de mi viaje. Le digo que tuve que salir de Buenos Aires, sí o sí. Miro el mapa y confirmo que la plaza fue diseñada por el arquitecto Francisco Salamone, claro, el mismo que se menciona en la película Historias Extraordinarias. De a poco todo se acomoda. O eso creo.

La comida me cae bien. No hace mucho calor y puedo salir a caminar tranquilamente. Visito el cementerio, la entrada es impresionante, tal como la mostraba la película, con la diferencia que en la película no aparecía el barrio que lo rodea. Un barrio de lo más sencillo que no tiene nada que ver con la fachada Art Decó del cementerio. Me quedo con ganas de conocer el matadero, eso sería al día siguiente.

Camino hasta el arroyo. Cauce que da nombre a la ciudad. Parece una pintura, una acuarela. Por debajo del agua las plantas son acariciadas por la corriente sin violencia. El color del agua es azulado, pero la superficie brilla con la luz sol de ese día. Sigo el camino que bordea el arroyo hasta al parque municipal diseñado por Carlos Thays. La entrada del parque también está diseñada por Salamone.

El domingo ya repuesto de mi estómago, un poco más entero, camino hasta el matadero. Cruzo una ruta y sigo un camino que parece no tener un fin cercano. Camino más de media hora. Fue emocionante el momento en que vi que aparecía un cuchillo gigante al costado del camino. Ese cuchillo, obra de Salamone, está en la punta del edificio. El matadero parece una iglesia sin ornamentos, con su nave central y las laterales. Las vacas eran sacrificadas en la parte de atrás. 

Regreso al centro de Azul, no hay muchos lugares donde comer. La oferta no es muy variada. Como algo que no me gusta. La siesta la paso leyendo un libro de editorial Mansalva, bajo un árbol. Duermo, por momentos. Estoy cómodo.

El regreso a la Gran Ciudad, el lunes por la mañana, fue tranquilo. No hubo ningún sobresalto durante el viaje. Hablé un poco con la pasajera que viajaba a mi lado. Me contó la historia de una amiga de su hija (ella venía Buenos Aires a visitar a su única hija). La amiga de su hija terminó la carrera de medicina, junto con su hija, a los 25 años. Ese mismo año le diagnosticaron cáncer en el estómago. Muere antes de que pase un año desde que la enfermedad fuese declarada. Pienso en si esa mujer habrá querido hacer esa carrera.

Antes de bajar de la autopista pasamos por un edificio de ladrillos a la vista, pienso en el ruido que debe oír la gente que vive en él. Pienso en el fin de semana en Azul, en mi cuaderno. Pienso en el futuro. Me acuerdo de una frase que leí luego del 27 de octubre “el futuro llegó”.  Claro que el futuro llegó, desde que uso prendas de Lycra nada se compara al pasado.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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5 respuestas a La misma piel

  1. El Mencho dijo:

    ah no, usar prendas de lycra no tiene retorno, estás perdido, ahí, en tu futuro que ya llegó y que ya no es tu futuro… o sea, frito.

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  2. Flor del Campo dijo:

    Creo que Azul es un buen lugar para leer un libro de Mansalva. O.. a ver, Mansalva es una buena editorial para ser leída en Azul. No sé, yo no me llevaría una novela de Alfaguara a Azul… Nada: geografías y editoriales.

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  3. Claro Alfaguara es Rosario, Córdoba Emecé, etc.

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