Fin de autopista

Cuando llegué ya era de noche. El rocío fresco de enero cubría todo el verde del parque. Me costó bastante llegar hasta ese jardín lleno de arbustos y árboles frutales. Pasé por varias barricadas de la noche. Me llené de humo. Eso me desestabilizó bastante, de a ratos, porque no tenía mucha visión y no podía ver bien el camino. Por momentos, pensé que iba a perder la mochila encima de un bosque de eucaliptos que sobrevolé apenas salía del galpón. Uno nunca se acostumbra a volar por sus propios medios.

Por suerte, las ranas no vuelan de noche, ahora que vuelan de día todo es más fácil. No me crucé con nadie en mi viaje. Salvo un pequeño insecto verde muy diminuto.

Mientras volada hacia acá, pensaba en comer algo, algo liviano, aunque antes de salir del depósito comí un poco de milanesa fría con mayonesa y mostaza. Lo increíble no es la mayonesa y la mostaza sino cuando se juntan la mayonesa y la mostaza.

Mi paciencia es escasa. Durante el vuelo tuve miedo de caer muchas veces. No sólo tuve miedo al principio. Di un par de vueltas sobre zonas conocidas antes de llegar a los grandes edificios. Pasé por arroyos y ríos, lagunas y parques. Hace muy poco me enteré que hay personas a las que no les falta el aire, sino que les sobra; en lugar de ahogos creen sentir que al aire que les pasa por la traquea es excesivo. Hasta, en algunos casos, es necesario colocarse tapones en los orificios de la nariz, como tampones, para no recibir el exceso de oxígeno.

Durante años soñé con una autopista inconclusa. En la época de los milicos proyectaron muchas autopistas para la ciudad. Carriles que la cruzaran, que arrasaran con la ciudad, separándola, dividiéndola. No es extraño que uno sueñe que camina por un bloque de cemento que termina en un abismo. Fierros cuelgan como hilachas desde la punta del bloque de hormigón.

Antes de descender al jardín pasé por una autopista iluminada y completa. Sabía que después del cruce de dos autopistas tenía que bajar. En ese momento volaba pleno, seguro, el aire me daba en la cara, el aire fresco me hacía rejuvenecer.

Ahora, tengo que esquivar a un perro negro y enorme. Me subo a un árbol. Me cuelgo como un mono drogado de una rama. Cuando ya estoy fuera de peligro, porque desapareció el perro, trato de entrar a la casa. Pienso en una fruta mordida y tu boca.

Cuando entramos al cuarto había varias personas en el piso durmiendo. No podía distinguir cuantas personas eran. El olor era agradable en el ambiente. Seguí a Leticia tomándole la mano, apenas.

¿Era un sueño? Si nunca la había visto… sí, Leticia. Solo sabía su nombre.

Oscuridad.

Amanece. Por la ventana se ve un jardín lleno de plantas. Vuelvo a verte. Nos encontramos en una habitación. Ella sonríe. Parece tranquila, con su rostro lleno de paz. Es de día.

Tomamos mate y cantamos un tango:

Cuando cayó la tarde ya no estabas
entre las mesas del bar de la calle Ayacucho
El bodegón ardía después del vendaval
esta ginebra ya no puede matar mi soledad

No corras pequeña Leticia por sobre las aguas
la bruma del río plateado no cubre tu alma
Volvé con tu padre que te espera
en el umbral negro de la muerte.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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