Caballos negros

Las paredes son del color de la cal, un blanco triste. Son bloques de hormigón enormes que me rodean por los cuatros costados. Las paredes se extienden hasta muy arriba, casi tanto como para no intuir el final, casi tanto como para no ver si hay un cielo. Escalones del mismo color conducen a desniveles.

Tengo que encontrar la manera de salir de ese laberinto de paredes interminables. Son cuatro caballos los que custodian el lugar que parece estar por explotar de calor. ¿De dónde salieron esas plumas negras que tienen los guardianes de esta cárcel con puertas abiertas? La cabeza me explota, el líquido que contiene mi cuerpo trata de salir desesperadamente.

Veinticuatro meses de dolor en una cama de madera no fueron suficientes. Estos malditos caballos no dejan de mirarme. Un mancha roja sobre la cal me hace sentir que aún hay alguna posibilidad de salir. ¿Salir? Pero, ¿para qué? Ahora sí se pueden escuchar voces. Voces o gente que canta. Gente que canta o gritos. Están muy lejos, se alejan más.

Por entre los dedos de mis pies caen gotas de sudor, la arena se pega a mi piel.
Doscientos cincuenta y cuatro árboles conté en un sueño la última vez que dormí. Eran verdes. Bueno, creo que ese es el color verde, el de los árboles. Hace como dos semanas que no duermo. Pude dormir cuando los caballos dejaron de mirarme por un momento. No tengo idea de cuánto tiempo pudo hacer sido, pero sí sé que no me miraban. Cuando ellos me miran dejan mi cuerpo inmovilizado y mi alma se llena de angustia. Cuando ellos me miran siento que tienen todo el poder… y lo tienen.

Cuatro veces vino la princesa y amenazó con su larga lanza negra el hilo de vida que me queda. Viene sin ningún anuncio y se va en el mayor de los alborotos. Espero que un día entre y termine con esta comedia. Espero que un día entre y me mate, que me atraviese con su lanza negra de la que tanto hace alarde.

Por el momento apenas puedo sentir que la noche ha llegado. Se escuchan las guitarras gitanas y las voces que atraviesan el desierto desierto.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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2 respuestas a Caballos negros

  1. Emi dijo:

    Paseo por paisajes parecidos,las goteras se abren sobre mi cabeza donde sea que me quede,generalmente en los baños,las goteras del cambio traspasan esos techos de cal,de piedra o de chapa,quizás por esas grietas siguiendo líquido se pueda escapar,pero ¿a donde?
    Un abrazo grande Dani!!!nos vemos

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    • Como dice una canción de Lou Reed, siempre uno se libra de una ilusión para caer en otra (en I’m set free); o como en Media Verónica de Calamaro, la vida es una cárcel con las puertas abiertas. Tomo este concepto en el relato, el de cárcel con puertas abiertas.
      Creo que una vez que uno asume eso, cualquier grieta puede indicar la salida. La observación de los líquidos es fundamental, en el cuerpo y en el entorno. El personaje se da cuenta de que en su cuerpo algo necesita salir, se le atribuye esto al calor… La mancha roja es una señal de que un líquido rojo entra o sale de ese encierro (que parece un sistema).
      La observación de los líquidos es hasta donde puede llegar mi orientalismo. Darse cuenta de que nunca se amoldan a algo a no ser que un recipiente los contenga. El concepto de recipiente es interesante. Encontrarse sin contención es lo que uno debe pensar y ser, el dejarse fluir es (debería ser) el “estado” continuo en el tiempo.

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