No saber perder

Como todos los martes salgo de la oficina con mi bolso bajo el brazo para ir a mi clase de tenis. El corredor se hace más largo de lo habitual, debe ser porque estoy un poco cansado. Anoche no dormí bien. El pasillo se va poniendo cada vez más extraño. Las paredes son de roca pintada de amarillo, como si fuese la salida de una mina.

Me encuentro en el túnel con el gerente de la agencia que no entiende, como yo, que el pasillo habitual esté tan cambiado. Ahora vemos que hay muchas más salidas que siempre, con subidas y bajadas. Por suerte está todo muy iluminado.

Cuando, finalmente, estoy en la calle, las luces de la reciente noche están ya doradas en contraste con el oscuro cielo de la ciudad. Para mi sorpresa veo la avenida como si fuera la primera vez que estoy en esta ciudad. ¿O es la primera vez que estoy en esta ciudad? La temperatura es agradable como en un sueño. Siento la ropa liviana y cómoda como el guardapolvo del jardín de infantes en mi recuerdo. Intercambio algunas palabras con compañeros del trabajo que encuentro en la calle. Conversamos de nada. Sonrío. Me despido y tomo aire. Siento el pecho lleno de aire.

No llego a hacer veinte metros y veo a Verónica B. empujando un cochecito de bebé. Yo vivo en esta ciudad desde hace dos años. Es muy extraño encontrarse con alguien que conocí, hace más de diez años, en Buenos Aires. Me emociono. ¿Es ella? Está más parecida a su madre…

La llamo: Verónica. Me mira. Dice mi nombre. Es ella. Mantiene el color rubio de su pelo y el azul de sus ojos. Siento algo en el estómago. Como un tirón. Miro el carrito: vacío. No me animo a preguntar.

Me cuenta que vive en New York desde hace cuatro años. Se casó en 2006 y su marido tiene una enfermedad que no le permite trabajar, viven con dinero de sus padres. Le pregunto ella a qué se dedica. Me dice que cuida a su hija.

Miro el carro de nuevo. ¿Vas a buscarla? Me cuenta que perdió un embarazo. No consigo entender. Miro el carro de nuevo. Me dice directamente que cuida a alguien que no existe. Siento una extraña sensación. Siento un olor extraño y fuerte, como si estuviese oliendo una carne viva desgarrada. Cambio de tema. Pero ya no escucho. Nos despedimos.

No tengo fuerzas para tomar el metro. Paro un taxi. Le indico la dirección de mi casa. Me acuerdo que tenía mi clase de tenis. Llamo y suspendo.

¿Acaso enloqueció? Hijos. Me doy cuenta de que no voy a tener hijos en lo inmediato. Verónica decide cuidar algo. Yo no tengo el valor para empujar un carro vacío. ¿Qué quiere decir “perder un embarazo”? Algo que nunca sabré porque soy hombre. ¿Qué quiere decir “perder un hijo”? ¿Qué se siente tener hijos? ¿Cómo es ser padre?

Cuando llego a mi casa no siento hambre ni sed. No quiero tomar un trago. Caigo en la cama directamente. Hace muy poco que estoy solo. Esta ciudad me hace sentir miserable; cualquier ciudad haría lo mismo. Paso la noche envuelto en sábanas y frazadas; tengo mucho frío en mis extremidades. Silencio, no escucho música ni prendo la televisión.

No hay nada que pueda hacer para ayudar a Verónica por más que sepa que está cerca. Por el momento, me quedo quieto un tiempo, siento apenas mi cuerpo…

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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