El gigante de la canción

Luego de viajar durante horas llegamos a la vieja biblioteca. El Gigante de la Canción daba rasguidos penosos y alegres a la vez. Su voz suena:

Una soledad de cristal
me hizo conocer
un ojo que nació
para ver
el color de tu sombra

El público escuchaba al Gigante con el corazón en la mano. Algunos parados otros sentados – sobre el piso damero, negro y blanco – formando un rectángulo, cuyo lado más largo se oponía a la figura del gigante. Todos en completo silencio. La voz del extraño cantante llenaba la gran nave principal del edificio.

Viajamos durante horas para llegar a la biblioteca. Luego de pegarle a mi madre porque me siguió hasta la estación del subterráneo de tres estaciones. ¿Qué hacía mi madre siguiéndome en la terminal? Fue todo muy doloroso. Ella me había corrido para darme el regalo para el gigante: un par de medias deportivas.

En la estación esa me esperaba M. Hicimos todo el recorrido del subterráneo hasta el otro extremo de la cuidad, llegamos al puerto. Los trenes de este subte tienen sólo un vagón. Asientos de formica marrón claro, y la tulipas blancas que difuminaban la luz. Se saca el boleto una vez arriba.

Como no entramos en la Gran Barcaza rentamos una canoa. M tenía un poco de miedo. Yo que sé nadar la ayudé todas la veces que se nos dió vuelta nuestro transporte. Los que viajaban en la Gran Barcaza se divertían al vernos flotar casi constantemente en el agua marrón.

Llegamos a la Ciudad Sonar mojados, pero felices. Aún teníamos tiempo de rentar habitaciones de video para ver esas viejas cintas de cine sueco del ’20 y del ’30 que M quería ver. La sala es muy grande y muy pronto nos olvidamos de todo. Todo con M es muy fácil, no hizo falta desnudarnos.

Cuando salimos de la sala de video la música del Gigante sonaba desde su enorme guitarra. Las manos del gigante estropean cuerdas constantemente. Sus ropas de lona azul cubren su cuerpo peludo de piel gruesa. Aplausos.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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Una respuesta a El gigante de la canción

  1. Este relato tiene una atmósfera especial que se repite en varios textos de este blog como en “Otro almuerzo

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