Un encuentro fatal

Estoy cansado. No puedo creer lo que hice, no doy más de los nervios.

Hoy antes de salir para el recital me clavé dos birras, como de costumbre. Cuando estaba en la puerta vi la Victorinox. Pensé que sería buena idea llevarla por si había que abrir alguna birra en la calle. Me la puse en el bolsillo. En el almacén del chino de Alberdi me compré una lata de Heineken para el camino hasta el subte.

Bajé en Congreso. El aire me vino re bien. Puse en el discman “I don’t owe you anything” de los Smiths. Iba por Callao, tenía que caminar hasta Juncal. Cuando iba por la repetición de esa canción la vi: vi que venía caminado con el tarado ese de la mano. Estaban conversando y riendo.

Ya pasaron tres años desde que me dejó, pero no puedo dejar de pensar en ella.

Cuando tenía que verla era para mi la felicidad más grande. Salía corriendo a verla, corría los colectivos o subtes con tal de no perderme un momento con ella. O durante el día armaba el encuentro, programaba la salida o me tomaba media hora para elegir el vino de la cena.

La amaba, la amaba con locura, pero la verdad es que era un idiota en esa época. No podía manejar su inseguridad, ni la mía. Ella empezó con sus escenas de celos y con sus desplantes, nada era suficiente. Hasta el final creí, pensé, soñé que estaríamos toda la vida juntos. Ella iba a ser la madre de mis hijos.

Cuando nos separamos para mí era el final de mi vida. Me lo pasaba intoxicado con alcohol y Bromazepan. A pesar de estar empastado no dormía mucho y me lo pasaba dando vueltas por lugares que no me atrevería ni a mencionar.

Con el paso del tiempo empecé a pensar que cada día que vivía sin ella era un extra que me venía de arriba; como tuve que seguir mi vida sin María todo eso era para probar si era posible algo nuevo. Tal vez un destello de luz en mi cabeza, no sé que esperaba.

Cuando la vi hace un año me dijo que estaba de novia, me preguntó si yo estaba de novio le iba a decir, “no acabo de tirar”. Pero me limité a decirle que no. Hace unos meses la vi en un bar de la facultad pero no pude enfrentarla. Sólo verla era suficiente y demasiado, en ese orden.

Verla con el infeliz ese riéndose me hizo sentir vacío, violento.

No lo pensé, no lo pude pensar, un sensación metálica se apoderó de mi cuerpo. Saqué la Victorinox y le dije: “dame todo idiota”.

María me reconoció, gritó, lloró, y trató de ponerse entre mi arma (de escasos siete centímetros) y el idiota ese. Él imbecil la empujó y  me amagó una trompada. Le enganché la mano con la hoja filosa y salió un chorro de sangre. Ella me dió, gritando, unos billetes y salí corriendo.

Cuando llegué al recital no hice otra cosa que tomar cerveza. Tomé cuatro cervezas más que no lograron emborracharme en lo más mínimo. Sólo logré aumentar mi culpa y mi dolor. Me gasté la guita que me dió María en cervezas para mi y los conocidos que me rodeaban.

Emi estuvo como nunca, pero yo apenas podía escuchar lo que pasaba; Gabriel me hablaba y yo miraba como movía la boca, veía su risa, pero no me enteré de nada de lo que intentó decirme.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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3 respuestas a Un encuentro fatal

  1. Eso se llama sentir hombre!!!!!!
    Tener corazón, ademas gusto por lo bueno (Victorinox no no ..hablo de la cerveza….)

    Me encanto la forma de escribir realmente esta llena de imágenes….ahora bueno …voy por una cerveza..

    Te visito desde

    http://desdoblamientointelectual.blogspot.com/

    Suerte!!!

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  2. Flor del Campo dijo:

    Me dolió, y no precisamente el chorro de sangre.
    Duele que el tiempo no nos dé ventaja nunca: es rapidísimo; y nosotros: una manga de melancólicos que nunca podemos olvidar.

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