Como esqueletos siempre elegantes

Ya no puedo cortame las uñas de los pies. Muchas veces tengo que recurrir a un amigo para que me ayude con eso o a una sobrina. Hace como cuatro años de esto. En un momento tuve que dejar de cortarme. No podía yo solo. Estaban muy duras y era muy incómodo.

Cuando uno es joven nunca piensa que llegará ese día, ese día en que su esposa ya no está y no tiene a nadie… casi nadie que lo ayude en algo tan ordinario; sin embargo, eso ahora es un problema para mí. Tener 84 años tiene algunas contras, empieza el cuerpo a reflejar muchas cosas que en el pasado apenas eran algo de lo cotidiano, como los lugares de trabajo, el ambiente que respiró por años, la postura del cuerpo, los otros cuerpos, el amor, las mujeres.

Cuando tenía treinta y pico me dí cuenta de algo que es trivial o, mejor dicho, es algo obvio: si tenía esa edad y mi cuerpo había durado un buen tiempo, y si tenía que durar otro largo período de unos treinta y pico más, o treinta más, tenía que cuidarlo. Y mi cuerpo permaneció cincuenta años más y permanece. También en ese momento me dí cuenta de que los cuerpos, en general, no están (bien) cuidados. Es decir, pasan los años y uno nota sólo eso, nota el paso del tiempo y no ve su cuerpo. No es cuestión de estar frente a un espejo sino de ser consciente de que está ahí el cuerpo. ¿Cuantos compañeros de camino hoy apenas pueden sentarse en sus sillas de ruedas en un geriátrico?

Es cierto que se pueden hacer cosas por el cuerpo, pero muchas otras cosas son inevitables. Simplemente las cosas, los objetos, se gastan. Las puntas se van redondeando, las telas gastando, la luz se desvanece, la sangre se retira. Uno siente, en un momento de la vida, que el tiempo pasa y que únicamente los demás envejecen, hasta que un día nota que la piel no es la misma, que el olor del cuerpo apesta, que los huesos duelen – ¿dolor de huesos?: algo impensable, pero llega el día y eso pasa -, algún órgano de repente deja de funcionar y se tiene suerte si no es el corazón.

Un año, otro año, y otro, pasan las guerras, los premios Nobel de todos los años, las tapas de los diarios, las mentiras y desilusiones. Siempre uno sigue, perdiendo un poco el foco. Digo, perdiendo el foco, porque a veces las cosas pasan muy rápido y uno ve sólo los destellos de lo que ocurre. La universidad, el amor, la familia, los hijos, las vacaciones, las copas de vino, los festejos de fin de año, los días del padre, regalos, una operación seria a los 54, mi primer nieto y luego el segundo, la muerte de mis padres, de mis hermanos, de mi esposa.

Así es como me encuentro hoy solo en mi casa. Tengo una camisa nueva que llevo puesta porque es 31 de diciembre y pasa a buscarme mi hija. En cualquier momento, espero. Estoy afeitado y me puse un loción que huele a pino, de todas formas ya nada me saca el olor a viejo. También llevo unos pantalones nuevos. Los llevo puestos sólo porque me los regalaron para eso. Y espero, como un esqueleto al que visten para que parezca otra cosa.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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