Fenomenología del después

Bajé del tren. Costee el cementerio. Seguí hasta el puente. El puente que cruzamos un domingo frío por la tarde. Lo crucé con mi bicicleta. Pasé por la puerta de tu casa. Necesitaba pasar por ahí. Hubiese sido mucha casualidad verte. No quería verte. Sólo quería ver el lugar y reconocerme en la calle de tu casa. No solamente la memoria guarda al pasado. Para tener contacto con ese pasado tenía que estar en tu calle nuevamente. Sentí que podía verte abrir la puerta y eso fue suficiente, como cuando me abrías la puerta. Di una vuelta por el barrio, vi la ventana de un restaurante en el que comimos un miércoles a la noche, vi los árboles de tu cuadra, vi el otro puente también. Todos lugares que eran un contacto con algo perdido. Después de una vuelta y de subir por el segundo puente (que fue nuestro primer puente aquella noche de julio), tomé un camino que no había tomado hasta ahora para volver a mi casa. Es el mejor camino que existe entre tu casa y la mía. Qué pena no haberlo descubierto antes, cuando lo necesitaba.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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3 respuestas a Fenomenología del después

  1. Triste, tristísimo.
    Yo cada vez que vuelvo de mi psicóloga, paso con el colectivo por la esquina de la casa de mi ex. Es extraño, porque ya no hablo de él en las sesiones, pero lo recuerdo en cada regreso. Y esa esquina, que antes era segundos antes de llegar a él, ahora es un instante hacia otra parte.
    Triste, tristísimo, no buscar atajos a tiempo.

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    • Pasa una cosa extraña con eso… uno va dejando una estela por toda la ciudad con su pasado. Bares, estaciones de subte, algunas veredas… a veces eso es reconfortante, otras no tanto. Claro, el asunto se pone “triste” cuando uno es un melancólico, porque siempre falta algo. Ese algo se puede rastrear por la calle, entre los libros de la propia biblioteca, entre las sábanas.
      Claramente hay algo de circulo (hermenéutico) en esto.

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  2. “Porque siempre falta algo”: si yo llevo esa frase a mi psicoanalista lacaniana, yo, mujer, ya imaginamos lo que me respondería, ¿no?: Sí, hay un agujero.
    Y respecto a la melancolía: yo me hago cargo, soy una melancólica total, y no es tan malo, porque la melancolía tiene la ventaja de la tristeza agridulce, sabor algo sabroso; mucho más que el de la angustia, que podríamos decir que es más amarga. Es un lindo ejercicio pensar un sabor y un color para cada sentimiento. Suelo hacerlo por las noches cuando no puedo dormir.

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