La sobreabundancia

En el tercer encuentro estaban todos ambientados al paisaje. Los participantes podían saludarse con la tranquilidad de los paisanos del lugar. En el convento reinaba una tranquilidad propicia para el tema de la reunión. El sol de abril hacía brillar las piedras del patio.
Rudolph Vernunft comenzó su lección más animado que en las reuniones anteriores. Más animado pero a su vez más calmo. Conocer a sus alumnos es algo que lo tranquilizaba. Eran ochos lo participantes. Dos alemanes, tres franceses, un argentino, un italiano y un español.
Cerca de la diez de la mañana comenzó todo como una simple conversación. El argentino comentó, en un buen alemán cómo se había encontrado con sus traducciones al castellano en la revista Sur. Siguieron comentarios en ese tono. Cuando habló Françoise los ojos de Vernunft tomaron un cariz notable. Se produjo alrededor de la voz de la francesa un silencio calmo. Vernunft pensaba en los cuadros de Cezanne. En las frutas apoyadas en un plato, quietas. Reposaba su cuerpo en el espacio y ya la silla no era una “silla”. Podía sentir que su estómago digería la comida de la primera hora; sentía placer del té recién bebido.

– Como hemos visto ayer aún nos falta mucho para llegar al concepto de sobrebundancia – Hablaba mirando a todos, y cada uno, a los ojos alternadamente – Lo primero que tenemos que tener en cuenta es cual fue el inicio del pensamiento que nos conduce a la posibilidad de pensar en nuestro concepto. No debemos pensar que se trata de una exageración sino de una posibilidad, que es constante en nuestras vidas y en nuestro ser.

El alemán continuó con la introducción de la clase. Mientras hablaba miraba a sus discípulos, pero también a los árboles que comenzaban a florecer. Eso le hacía pensar en su casa en el bosque y en su familia, ahora lejos. Ausencias, pensó y continuó. – en las ausencias se pueden vislumbrar los depósitos o remanentes del ser, en las ausencias no hay carencias.

Cuando pronunció la palabra “carencias” pensó: “¡Es eso! No presenta carencias, por eso Françoise genera deseo”.
Luego del almuerzo, algunos tomaron un poco de sol en una pequeña terraza. Otros tomaron por el camino que conduce al pueblo, en ambos sentidos, para dar un paseo, unos para un lado, otros el sentido contrario.
Françoise se quedó en la terraza donde almorzaron. Bebía un té y revisaba sus apuntes:

Fue con Parménides que se da el inicio, la posibilidad de un pensar, en el ser. Al vedarnos el camino del no ser en el poema nos muestra que es una posibilidad: El ser. Ambos caminos para nosotros serán una búsqueda, un auténtico sendero que no se ha transitado en la historia de la filosofía: thaumazein, como toda la presencia y que en el griego actual se puede entender como “maravilla”…

Todos volvieron relajados. Se sirvió café.  La conversación giró en torno a la unidad material. Alguien nombró a Balzac, La búsqueda de lo absoluto. Rudolph comentó que la unidad material sólo es posible si se entiende al ser como un único ser, y no era al caso de su pensamiento que se basaba en las posibilidades del ser del hombre.
Así el maestro siguió hilando palabras. Trataba de evitar mirar a la única mujer del grupo. Françoise estaba concentrada en sus notas, en las que había tomado por la mañana sobre Parménides.

Vernunft hablaba con la mirada perdida en pequeñas sombras. En las sombras de árboles cercanos. En pequeñas luces que pasaban por entre sus dedos. Se concentró un largo rato en mirarse las manos y sentir el calor de ambas al rozárselas. Giró su cabeza y se encuentra con el cuerpo de Françoise. Piensa: “En el amor todo es creación, manifestación pura, abundancia es posibilidad, pero no una sino infinitas posibilidades. Es perderse en un mar de posibilidades”.

Detiene su mirada en un pliegue de la piel de esa mujer que lo escucha atentamente. Ese pliegue se muestra casi imperceptible en ese cuerpo pequeño. Nuestro filósofo queda sujeto a esa imagen. A ese pequeño mundo. Ese pequeño mundo tibio, que a pesar de los movimientos del cuerpo de la francesa queda inmóvil. Ya no existe otra cosa. Ese tramo de piel es lo único que puede hacerlo respirar. Es ahora ese mundo tibio el que lo mantiene. Puede girar dentro de la piel, que muestra esas pequeñas pecas que por partes es rosa, más claro o más oscuro.

Vernunft piensa en la sobreabundancia de su visión y considera que la clase de hoy ha terminado.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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3 respuestas a La sobreabundancia

  1. rafa dijo:

    Uno se descubre leibniziano cuando se da cuenta de que un pliegue en la piel esconde un mundo posible. Y la Razón se abisma…

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