Suelo

“Suelo” es el primer capítulo de la novela Donde comen los perros (2010) de Marcelo Castagno.

Sólo fue eso: caca en el suelo. Luego del vacío, ese vacío de lechada y la ausencia de la cabeza, de tremenda poronga cogiéndome. Vacío, vacío el horno. No era lomo a la plancha. Era carne.

Fue primero lo primero, un empujón y no entró, entró la cabeza rosa y lechada, lechoza, con ganas de seguir acabando me, mío, en el orto, caliente, más caliente ahora. Primero, se abrió un poco, luego entró tremenda verga de animal en el culito, inexperto calentito deseoso de semen, de que se forme el lago el vacío.

Primero tres centímetros, pero había para rato, había tela para rato. No sabia cómo hacer para recibir la lechada lo antes posible, que llegue caliente al esfínter y que pase a las tripas.

Fue cuando, segundo, entraron algunos de los otros centímetros de la carne de esa pija enorme, y sí, había para rato, centímetros y carne. El pecado y la redención juntas, el placer y la obediencia. Quería su poronga en el ano, ano, a no caliente, calentito, de putito inexperto, de querer probar un poco, y otro poco. Así empiezan los putis. Con el culo caliente, los empernan y se les para un poco la pija, y otro poco y acaban antes de que la máquina llene el esfínter de carne llena de sangre.

Tercero ya todo adentro. Placer, arrepentimiento, más calentura, duda, ¿hará bien la leche en el orto? ¡No dará enfermedades! Nadie responde, entra todo el cuero de poronga en el aro ya dilatado, dilatado. La palanca entra y sale, el culo como una olla para puchero – ¿puedo meter el choclo en ese pucherito?

Tercero, de nuevo, me cogen, como a una puta. Sin importar nada, espero la deslechada. Un torrente de semen que debe salir por dónde entró. La cabeza contra la almohada, sigue garchándome y no para. Siento que el recto más recto que nunca lleno de ese pavo caliente enculándome. Me toca las tetas.

Cuarto, espero la deslechada.

Quinto, como el cuarto, pero con la leche en orto, que va a salir de esa cuevita caliente, que quiere irse para afuera.

Sexto, desesperación. Culo lleno de leche, semen, guasca, caliente. Vacío, salió la carne del orto, vacío. Nada. No ha pasado nada.

Me hago piso, me mezclo con la leche, mi leche que sale de mi pija, de pitito, de putito, que se hace baldosa.

Me hago piso, desparamándome con la leche de todas las acabadas de todos los putos, de mi ojete, que parece un aro, aro de puta vieja. Vacío, silencia, sólido, silencio. Aire desparramado, desparramándose, chocándose, haciendo ondas, hondas en el orto vacío y no lleno de semen ya. No hay otro, mi ojete se desvanece de tan puto que soy; desaparece, se hace piso. Un piso ojete. Un desaparecer de tan vacío que dejó ese desmadre de leche. Semen en la boca, esa pija no muere nunca. Vacío, me hago piso, desaparezco, no soy más culolago, culacarne.

Soy piso. El vacío es lo que me salva, es que nadie puede llenar mi hoyo.

Culobaldosa. Culonada.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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