Fin de semana largo en la casa de mi tíos

A pesar del cartel de peligro que quedó de muchos años atrás, cuando la crecida del río era frecuente, es un zona tranquila. Cuando los padres de mi tío compraron esos campos sólo había quebrachos. Esa sería la mayor explotación que se proponían con esa inversión. El quebracho blanco les serviría para hacer carbón.

Instalaron una casa de adobe en el año cuarenta y nueve en medio de la nada. Por aquel entonces el padre de mi tío – es un tío político – era joven y podía ver esas tierras con mucha esperanza ¡Cuanto sol!, habrá pensado cuando clavaron los primeros postes que serían el soporte de la casa. Los relatos que llegan del viejo Cabrera son los de un joven con mucha energía y esperanza en el emprendimiento que iniciaba en esas tierras.

El paso del tiempo trajo a los hijos que crecieron colgados de aquellos viejos árboles como monos. Mi tío Jorge Ikaku Cabrera nos mostró las fotos de cuando era un niño y nos comentó: “esta es la foto en que la abuela me lleva al colegio”. Dijo, mientras nos mostraba fotos viejas. “Se puede ver en la mirada de los niños a los corazones detrás del guardapolvo”, pensé mirando esas imágenes amarronadas.

Mi tío conoció a la hermana de mi padre muy joven, ambos tenían quince años. Cuando la conoció pensó: ¡qué morocha hermosa!; eso fue lo que dijo cuando estaba ya un poco tomado después del almuerzo. Se casaron antes de cumplir los dieciocho años.

Esto es un resumen de la historia de ese pedazo de tierra y de esa casa de adobe. Bueno, a eso habría que agregar que en ella crecieron diez primos que hoy dan vueltas por el pueblo en moto o en el sulki como si de eso se tratara la vida.

Planee el viaje con bastante tiempo. Después de todo no era algo que podía improvisar. Fui a conocer a mis tíos y a mis primos. ¿Cómo es que no los conozco?, me pregunté tantas veces. Muchas veces a los familiares los unen las desgracias, traté de que eso no ocurra en este caso y viajé antes de que se muera alguno. Así es que no podría responder porque no los conocí antes… pero sí puedo decir porqué no dejé pasar esa oportunidad.

Mi abuela se casó muy joven. Lo hizo con un hombre mucho mayor que ella. Cuando mi abuelo murió, mi abuela se quedó sola y con muchos hijos a cuestas. Mi abuela se enfrentó Buenos Aires como varias generaciones del interior del país enfrentaron el éxodo a las grandes ciudades. Eso supuso un cambio fuerte en todos mis tíos, para todos con distintas consecuencias. Para mi padre eso fue muy duro. Pero no fue él quien se llevo la peor parte. Mi tía Azucena es la menor de todos los hermanos. Mi abuela la dejó con una prima suya y su familia que la criaron hasta que se casa con Ika Cabrera, el dueño de las tierras dónde vive ahora en esa casa de adobe.

Mi tía nunca viajó a la ciudad de Buenos Aires ni volvió a ver a sus hermanos hasta hace poco, luego de pasados por lo menos 20 años. Mi padre viajó hace como diez años para verla por primera vez en mucho tiempo, su recuerdo anterior de Azucena era de cuando ella era una niña.

Llegué al pueblo un viernes por la tarde con una bolsa llena de golosinas para los niños de la casa: paquetes de Rumba, alfajores Jorgito y muchos Cabsha. Además llevaba muchas bombitas de agua porque estábamos en Carnaval.

La casa de mis tíos queda a unos cinco kilómetros del pueblo. El propósito de mi visita era verlos a ellos. Me parecía muy cursi pedirles que me llevasen a conocer el pueblo que, después de todo, son sólo unas diez manzanas.

Del primer lugar que puedo hablar es del patio de la casa. Es una extensión de tierra en la que de fondo se ven algunos animales y algunas plantas no muy verdes. Ese patio era, a su vez, el comedor de la casa en el que el primer mediodía comimos empanadas hechas por mi tía; le salen muy parecidas a las empanadas de carne de mi abuela, es decir, de su madre, la que la abandonó. Curioso que logren esas dos mujeres un sabor tan parecido si prácticamente no se conocieron.

El único adorno de la galería, que daba al patio, era una cuchara de madera enorme. Mi tío me contó la historia, era un instrumento de su madre, que había heredado a su vez: “Una cuchara con mango de palo por la que todos los primos nos peleábamos” – Rememoró con los ojos húmedos. Me quedé pensado en qué podría tener de interesante jugar con esa cuchara, me quedé con la mirada de mi tío quien sí sabía algo que la mayoría de nosotros, en la mesa, no.

Luego del almuerzo caminé mucho con mis primos más chicos, el menor tiene cuatro años. Fue muy gracioso cuando vimos cuatro árboles juntos que hacían apenas un poco de sombra y uno de ellos dijo:  Acá un nene me tira arena en los ojos, en mi bosque. “Mi bosque” – pensé y me reí mucho.

En nuestro paseo también fuimos hasta el pueblo. Les pedí entrar a la iglesia, frente a la plaza principal. Necesitaba sentarme en un lugar un poco más fresco que esa arena a cuarenta y cinco grados que fue nuestro camino. Me senté en el primer banco de la iglesia. Para sentir un poco más de aire no tan caliente pensaba en una película sueca y meditaba una frase para alimentar mi fantasía: “El frío de la iglesia y las rodillas en la madera”. A pesar de lo profundo de mis pensamientos no logré ni un solo grado menos de sensación térmica. Puse mi mano en una baldosa y estaba casi tan ardiente como si estuviese bajo las llamas mismas del sol.

Después de tomar un helado de agua en el único quiosco abierto entramos a la escuela. Estaba abierta y en silencio. Entramos a algunas aulas. En un pizarrón estaba escrito “corazón de lámina en la pared del aula”. Frente al pizarrón había un corazón hecho con cartulina roja pegado en la pared con engrudo. Supuse que la frase era sólo una coincidencia.

Cuando volvimos a la casa, esa tarde, arrastrábamos a los más pequeños con cuerdas, cuerdas que encontramos en el camino. Esos pibes son unos salvajes y embusteros. Cuentan miles de historias: Ha visto chango, esas cuerdas las usa el almamula de noche… – dijo el más pequeño de los hermanos. No, esas son las cuerdas usa el David para ahorcar bichos allá atrás – intervino otro señalando al monte, eso me pareció más sensato. No changuito mentiroso… esas son las cuerdas con las que la vieja esa se limpia el culo – agregó el menor con cara culpable, claro que estaba mintiendo. Muchas otras cosas dijeron. Lo más gracioso fue cuando me arrastraron con las cuerdas ellos a mí por el camino arenoso.

A la noche luego, comer sanguches de milanesa, me llevaron a conocer el club del lugar que se llama “Club Unido”. Esta salida la hice con mis primos mayores. Al comienzo hubo un conjunto que se despachó con unos chamamés, que siguiendo la línea creativa de los fundadores del club se hacen llamar “Los chamameceros”. Ellos eran como el grupo telonero. La gente esperaba a “Los hermanos de Jacinto”, grupo que con su nombre y música homenajea a Jacinto Piedra. Fue el momento álgido de la noche. El violinista era increíble y el grupo lograba realmente un sonido muy similar a las grabaciones que tenía en la memoria de Jacinto Piedra, de ese mítico disco junto a Peteco. Luego terminó todo con un dj que pasaba, básicamente, cuartetazos.

El regreso a mi morada provisoria fue placentero, según me contaron. Aparentemente viajé por el camino de arena y tierra arrastrado con las mismas cuerdas con las que jugamos por la tarde. No me acuerdo nada. No creo que haya sido por la cerveza sino el cambio climático… que tanto me afecta.

No gasté mucho dinero o, al menos, no gasté tanto como si hubiese viajado a una gran ciudad. No dormí en sábanas de seda sino en un catre con una sábana, al borde del catre había una colcha, apenas un ovillo de lana gris, por si refrescaba por la noche, cosa que no pasó.

Durante muchos años mi padre supo que su hermana estaba en la casa de sus parientes, pero él ya tenía suficiente con su vida en la ciudad. Mi abuela nunca se acordó de su hija, Azucena, y si lo hizo se lo tenía bien guardado.

Sería fácil criticar a algunos de los implicados, o a todos, en esa historia. Pero es imposible estar en el lugar del otro. Nunca falta el imbécil, aliento a mierda, que dice: “si yo fuese el Diego”… y a uno dan ganas de decirle: “no sos el Diego, tarado”. A veces es mejor callar, como en este caso, en que no creo conveniente juzgar a nadie. Cada uno, a su manera, hizo su vida como pudo.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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2 respuestas a Fin de semana largo en la casa de mi tíos

  1. Mariana dijo:

    Que buen relato, me transportó!

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    • Estuve varios meses con este relato encima, en la cabeza y con las correcciones, pero siempre sentí que estaba ahí. Es muy raro, porque hablo de algo que existe pero que no conozco… bueno, es mi manera de viajar (esto es algo muy dicho, es un cliché, pero una vez que me pasa lo puedo mencionar).

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