Asesino

Por el momento vas a estar en casa”. Eso fue lo que me dijo mi viejo. Sabía que por un tiempo zafaba de la cárcel. Pregunté qué iba a pasar con mi trabajo, me dijeron que renunciaba al día siguiente. A pesar de la gravedad del asunto mis padres se comportaban con mucha calma, de hecho en un momento mi madre dijo, “por suerte no me puse nerviosa”. Yo sí estaba nervioso, sabía que tenía que dejar mi vida cotidiana, pensaba en mis compañeros de la oficina, en que no iba a tener un sueldo todos los meses para mí, no iba a tener una casa para mí porque no iba poder pagar un alquiler, pero… además no entendía bien la situación: iba a tener que estar “guardado”. Eso escuché. Uno piensa en la angustia, pero en ese momento sentía algo tan tan vacío que entendí que eso era la angustia.

Entendía que veníamos de dar vueltas por oficinas de juzgados y algunos otros lugares que no sabía cuáles eran, a los que mi padre aludió con leves referencias. Tampoco llegaba a comprender cómo era posible que la jueza me hubiese dejado en libertad, ni cómo era posible que mis padres vivieran eso con tranquilidad, ni mucho menos cómo era posible que haya matado a un hombre.

El olor a comida era soñado, era como de una comida que uno quiere comer toda la vida sin conseguirlo y ahí estaba a punto de ser servida. No tenía hambre. Trate de levantarme para disimular mi desconcierto, pensaba en la familia de Bono, o los amigos, alrededor del cadáver y haciendo los trámites de traslados, entierro o incineración. Jamás estuvo en mis planes matar a nadie, sentía como si mi alma estuviese húmeda y en otra parte. Pero en el fondo, muy en el fondo, pensaba “alguien tenía que hacerlo”. Al mismo tiempo se me cruzaba por la cabeza “si a mi me gustaba El árbol de Joshua”.

No recordaba nada de cómo lo había matado, ni cómo me habían atrapado entre diez hombres a los golpes y no sentía el cuerpo dolorido ni tenía marcas visibles. Creía que no acordarme del hecho me libraría de la cárcel. Para posponer un poco la mesa familiar salí al patio de la casa y me alejé un poco, unos chicos me gritaron algo. Estaban jugando al fútbol y tirando piedras, salí y les escupí en la cara, con uno de lo más pequeños hice un molinete con el que les pegaba a los otros pendejos, cayeron de a uno al suelo, de la cara de uno vi salir un cacho de hueso, había mucha sangre, no soportaba ver a esos mocosos… quedaron en el suelo con los huesos rotos y gimiendo; ya no tenían fuerzas de gritar ni de decir algo.

Entré a la casa. La mesa ya estaba servida. Mi viejo me sonreía, me comentó algo acerca de los contactos que tenía que hicieron que yo esté libre, apenas lo escuchaba. En ese momento sentí como si una cucharada de azúcar alimentase mi sangre, una energía extra que llegaba de algún lado con algo de lucidez y dije, “no tendría que haber matado a Bono, tendría que haber matado a la hija de puta de Sonia”, pensando mi ex novia.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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