Extraño

Había ido al baño sólo por aburrimiento, de vuelta estaba por pedir mi segundo whisky cuando el avión comenzó el descenso, todos los que no estábamos en nuestros asientos tuvimos que asirnos de lo podíamos. Por mi parte me quedé pegado al piso, agarrado del borde un asiento. Con todo, esto era un pésimo augurio de lo que vendría. Viajar por una compañía africana no parecía algo que me dejara los nervios calmos.

En el aeropuerto me sentí mucho más “seguro”. Se parecía a cualquier otro aeropuerto de provincias. Como el vuelo llegó antes de lo previsto pude tomar un café exquisito sentado en una barra, como en cualquier otro café de cualquier otro aeropuerto. Tranquilidad.

Pero se acabó la calma muy pronto. Nadie apareció a la hora convenida. Nadie me buscó. Tomé la decisión de salir por mi cuenta. Dejé mis bolsos en una guardería. Intenté buscar un taxi, pero solo encontré autos destartalados. Todos me querían llevar y cada uno que me ofrecía el viaje, hasta el centro, bajaba el precio del anterior. Olor a carne asada y verduras hervidas, intenso, colmaba mis fosas nasales. La palabra es “incómodo”, era incómodo moverse por entre la gente. Todos estaban allí por algún motivo “comercial”. Todos estaban trabajando. Desde venta de porotos hasta puestos de piedras, desde carnear animales y cocinarlos en el momento hasta putas de 15 años que se ofrecían con la misma tranquilidad con que se ofrecían las tripas de los animales muertos, tripas calientes aún.

Cuando finalmente me decidí por un auto me di cuenta que no sabía a dónde ir, los datos de contactos estaban con mis pertenencias guardadas. Mareo. Por fin una mujer que entendía mi pobre francés trato de orientarme. Ojos verdes, expresión suave, labios rosas. Hablaba mucho, de manera muy “intelectual”. Conocía a las personas del grupo que me contrataba para mi trabajo de ingeniería que consistía en terminar los sistemas de riego de un campo de café. A medida que me hablaba caía una extraña noche, a pesar de ser sólo las cinco de la tarde. De pronto me vi rodeado de otras personas que venían con esta mujer. Todos hablaban, yo sentía un olor fuerte que pegaba en mi cabeza, en el fondo de mi cabeza. En la nuca. Me acordé de no haber tomado mis pastillas para la presión aquella mañana. Pero había algo más que no me cerraba. No confiaba en la situación. Desmayo. Negro, todo negro, como almíbar amargo en la garganta, pegajoso, todo pegajoso. Trompetas de color plateado en medio de un telón negro que me decían que las piernas no daban más. Una batería, una guitarra y un bajo, un blues pesado tocado con… tac golpe en la sien.

Fondo azul, cama con sábanas blancas. Una luz pobre en una pared, no hay ventanas.

Sabía que no volvería nunca a ser quien era.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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