Extraño 3

No, no puedo, me da mucho miedo no hacer pie, le dije a mi padre. Pero si flotás bien, no pasa nada…, me dijo. El agua es una contradicción de estados para mí. Nadé con mucha fuerza hacia la playa.

Tengo en mi mochila las fotos que tomó Karen en mis días en Togo. Las fotos muestran mi caída en una calle llena de puestos de venta de comida de los más variada, carnes, frutas, animales vivos, se ven canastos llenos de especias. Están, también, las que me muestran en una cama del hospital, rodeada de muchas otras todas iguales, de fierro tubular, pintadas de blanco. Las sábanas son blancas, no hay, casi, objetos que denoten que eso es un hospital, podría haber sido un geriátrico. Tal vez el envase de plástico que contiene el suero denote que eso era una sala de enfermos. Cuando salí del hospital no podía moverme mucho, las piernas no me respondían bien y sentía que había músculos que no estaban activos. Me recomendaron que nadara. Hay fotos en las que aparezco flotando en un pileta rosa.

Karen Hoffmann es un fotógrafa alemana que vivió en Togo dos años en compañía de su novia, Elena, que estaba allí trabajando en un proyecto de ayuda humanitaria. Fue con Karen con quien crucé algunas palabras en francés antes de desvanecerme. Karen por medio de Elena consiguió que investigaran qué enfermedad me había dejado paralizado, sin conseguirse ninguna pista al respecto.

Después de estar inconsciente un año me recuperé. La compañía para la que trabajaba me indemnizó. A partir de ese momento no trabajo. Dejé de beber alcohol en ese periodo. No tomar me convirtió en un hombre calmo y triste.

Mi vuelta después de un año convaleciente y no tener recuerdos más que el de un cuarto azul, que nunca existió, fue difícil. En el tiempo que pasó desde mi regreso hasta ahora pude acomodar algunas cosas. El resultado de ese orden es una apatía total por la vida que me queda. Tengo 54 años, no tengo hijos, mi madre murió cuando estaba en África, hermanos no tengo. No tengo amigos. O mejor dicho, los tengo, pero nada me produce satisfacción en un encuentro con ellos; no son muchos, además.

Miro mi cuaderno de fotos. Nada por hacer. ¿Cómo sacarme el miedo a no hacer pie en el agua si mi vida no tiene fondo? Lo cierto es que ninguna vida tiene fondo. Algunas ilusiones son muy estimulantes, eso es todo.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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