Imaginate

Como te decía, yo estaba en el subte y sube un ponja, pero con mucha cara de ponja… de esos con cara de malo, como si fuese un samurái de las películas… con bigote ralo, mirada seria. Un chabón joven, como de nuestra edad. Le digo, “¿Qué hacés Chino?”. No hace ningún gesto. Lo siguiente que me acuerdo es que estaba en el banco de la estación Loria con la nariz sangrando, lo que decía la gente es que el ponja me había pegado un cabezazo. Bueno, intenté levantarme e irme pero me agarraron hasta que que vino la ambulancia. Yo estaba medio en una nube, y veo una hermosa rubia con el uniforme de enfermera que me pregunta mi nombre, yo pensé por un momento que eso era un levante, era de las típicas rubias desabridas que me queman el bocho. Estaba muy mal yo en esa época. A la mina le tocaba el pelo y le preguntaba cómo se llamaba, creo que me dijo que se llamaba Laura. De pedo que no me fajaron ahí de nuevo.

En esa misma época fue que un amigo me invito a un bar por ahí, por Sarmiento, porque él tocaba. La cosa fue que con un amigo tomé unas cervezas, dos ponele, antes de ir. Cuando llegué al bar me tomé dos más. La cosa fue que descontrolé. Me perdí, me acuerdo cuando comenzó el recital, pero después nada. Me contaron que subí al escenario y gritaba con el micrófono en la mano, “¡un, do, tres, va!”. Y, claro, la música no empezaba. Rompí el micrófono, parece que los patovica del lugar no me fajaron porque éramos muchos los que estábamos todos juntos. La cuestión fue que salimos de ahí y quería seguir tomando. Fuimos a un pizzería con Juanma y Lu, y yo le gritaba a Lu, “sos una puta, sos una puta”, a los gritos, en La Americana, ahí en la mesa, con la pizza ya servida. Imagínate. Me enojé y me fui, pero sin mi bolso, sin mis llaves, y sin mi teléfono. Desde que salí de ahí, hasta que llegué a la cuadra de mi casa, como cinco horas después, no me acuerdo nada. Estaba apoyado en un paredón como a las cuatro de la mañana. Me caía. Juanma me gritó, “¡Lorenzo!”. Ese pibe es de fierro, imaginate, me esperó en casa con Luciana. Llegaron, abrieron y me esperaron; él hacía vigilancia para ver si yo aparecía.

Al día siguiente me desperté como a las tres de la tarde. Silencio. La casa en perfecto orden. El teléfono estaba roto, no sonó el despertador. Por un lado, sentí algo placentero, pero por el otro, el otro, una angustia total. Había perdido el control, por completo. Revisé mi impermeable, estaba lleno de barro. En cuanto vi eso pensé en la billetera. Estaba toda guita. Eso quería decir que no fui a ningún otro bar, ni tomé un taxi… Me tranquilicé un poco, pero era desolador. Junté fuerzas y fui a llamar al trabajo y a comprar un despertador, cerca de casa, en un negocio que es tipo un quiosquito de boludeces. Cuando volví encontré en el piso la taza rosa… que era de mi ex. Rota. Me acordé en el momento que la había roto mientras tomaba agua, delante de los chicos.

En esas horas que estuve perdido en la ciudad conocí a alguien, no me acuerdo el nombre, pero sé que hablamos unas dos veces. Era una mujer, que vivía en zona norte, Olivos creo,  tenía hijos. Me acuerdo que la primera vez que hablamos me dijo, “bueno, así seguimos con lo que empezamos”. Claro que no entendí nada. Además, como seguía con mi angustia de haber perdido el control borré el número. Era muy raro, la llamaba y escuchaba a muchos niños gritando, y ella les hablaba. Era mucho. Venía de una relación muy compleja: una mujer separada con un bebé de un año y pico. Mejor no te cuento detalles.

Te resumo, lo que pasó en esa época era que me había pasado de rosca con todo. Con todo. Con mis relaciones, con el alcohol, con las pastillas para dormir, y como si eso fuese poco una doctora de la obra social me dijo que estaría bien que fuese a un psicólogo, pero éste me derivó a una psiquiatra. Bueno, esta mina me dio pastillas, que eran para que deje de tomar, pero yo escabiaba más. Y no sólo eso, me pegaba más el alcohol. Hasta el punto de perder la conciencia.

Querés rock, tomá rock. Bueno, no estaba bien, estaba hecho pelota. La cosa fue que un buen día decidí retomar mi carrera de compositor de canciones pop. Empecé a tocar con un amigo. Y empezaron a salir canciones nuevas. Terminé haciendo un puñado de canciones. Todas, todas dedicadas a ella, a mi ex.

Con el tiempo escribí una novela, que también estaba inspirada en ella, en la que la encontraba en la calle y la mataba de cinco puñaladas. Para hacerlo verosímil, fueron sólo cinco. El editor se calentó porque yo inicialmente había puesto ciento diecisiete. El tipo me dijo, “¿no te parece que con cinco alcanza Lorenzo?”.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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