Asado con Mónica, postre con Beatriz

Mientras Lorenzo hacía el asado pensaba en la minita de la pelicula esa… Taboo, la que trabaja en la uno y la dos. ¿Cómo se llamaba? Lemay, sí, Dorothy Lemay. Veía como la carne se desgrasaba y corrían hilitos de sangre. Estaba concentrado en eso cuando Mónica le trajo un gin-tonic. “¡Mónica me trae un gin-tonic! – Pensó – Estámos todos locos”. Ella que siempre que él la encaró le cortó el rostro de una. O, lo que le sale mucho mejor, se hace la tonta, la que no entiende. Pasa que Lorenzo es medio nabo, le escribe canciones, le escribe cartas, la hace reir. Mónica le dijo una vez que seguro que él era de los que no querían coger.

Le agradeció por el trago. Estaba muerto de sed. No tomaba nada en horas, y encima frente al fuego. Eran trece comenzales, dos hombres y once mujeres. Todos de la editorial. “Encima que me las banco cotorrear todo el día me engramparon con el asadito este – protestaba para sí Lorenzo”.

Se concentró nuevamente en la carne, nuevamente la imagen de Dorothy abriendo las gambas y bajandose la bombacha. Qué trolita. Ummmh. El asado estaba haciendo ruidito, era como una canción pero con olor a carne cocida… “y si Mónica, que es una flor de histérica, quiere que… sabés cómo la bajo la bombachita. No me importaba que sea compañera del laburo. Qué me importa.”

Con la mirada fija en la parrilla divagaba acerca del olor de las carnes:

“Te acordás Lorenzo que cuándo eras chico pasabas por una rotisería y el olor a pollo era distinto. Ahora pasas por una rotisería y no te pasa nada. Sólo ves unas aves colgadas medio doradas y nada más. No es ese olor que te hacía querer comer ya uno de esos pollitos carnosos. Claro… la carne ya no es lo que era. El olor del bife no es el olor de cuando mi vieja me los hacía en los mediodías cuando volvía del colegio. Con cualquier cosa quedaba bien, con puré, con ensalada, con polenta, con arroz… Ahora me los hago en casa y son ricos, me gustan, claro, pero no es lo mismo, alimentan a las vacas de otra forma ahora… Pero esta minita… como no es para asar, y la carne es dura y consistente. Mucho no me importa lo que coma. Mal no come, con ese lomo. Tiene la espalda ancha, pechos grandes. Pelo lacio.”

El primer trago pasó como sin nada. Se fue a lavar las manos y se encargó de armarse el segundo gin-tonic. Los tragos se sucedieron sin cesar. Todo salió bien. La carne era una “manteca”. Eligió el mejor trozo para su amor platónico de la oficina. Una rubia a la que encontraba un parecido con su primer amor. Clarita tenía novio desde hace mucho tiempo, así que no era una preocupación para Lorenzo, pero él adoraba verla pasar con carpetas en la mano, o ver qué ropa llevaba cada día… y cuando podía trataba de hacer alguna deferencia con ella. En el fondo siempre trataba de caerle bien, y, por eso mismo, siempre dejaba un resto que no podía ser asimiliado por Clara. Como sea, que todo salió muy bien. Todos comieron bien, todos se divirtieron, pidieron un aplauso para el asador. Vino el helado, los brindis finales. Y Lorenzo no sabía lo que le iba a pasar esa noche. Algo que cada vez que lo cuenta o rememora la parece que lo leyó en un libro, algo que le pasó a otra persona.

Ya medio entonado, organizó, luego de algunos guiños de ojos y gesto de depravado sexual, que Mónica viaje con él en taxi porque iban para el mismo lugar. Casi. Llegó el taxi y Lorenzo ya con eso estaba satisfecho: Viajar con Mónica hablando de cualquier cosa. Eso resultó muy bien. Ambos estaban de muy buen humor. Hablaron de libros y de alguna película, poco importa el tema ahora.

El taxi iba derecho hasta la casa de Mónica. Cuando llegaron a la puerta del edificio estaba una mujer un tanto desorbitada. Tenía los ojos un poco rojos.

– Mónica, te estuve llamando – Dijo la mujer mirando con cautela a Lorenzo – Se murió Mimí.

– Sí, má, vi un mensaje pero estaba ocupada – Mónica tranquila. Miró a Lorenzo y le explicó que Mimí era una gata que había tenido

Se hicieron las presentaciones del caso. La madre de Mónica se llamaba Beatriz. Beatriz era muy parecida a Mónica, claro, con algunos años más, unos veinte y pico, el pelo teñido, separada, un poco alcohólica, pero ¿quién no lo era un poco? Beatriz le pidió a Mónica que vaya a buscar a la gata Mimí y que la entierre en el parque. Así. Sin pedir por favor, como le pidiera que la pase un salero. Lorenzo, se ofreció a acompañar a su Mónica. Su Mónica le pidió que acompañe a su madre mientras ella iba a buscar los restos de Mimí. Les dió la llave y subió a un taxi.

Beatriz no tenía la espalda tan ancha como su hija, pero hay que decirlo, era mucho más simpática. No era tan alta, pero tenía unos corpiños que le subían el busto de una forma que no pasaba con su hija. Tenía el pelo teñido, bueno… su hija también. Subieron al departamento de una ambiente de Mónica apenas decorado, con pocos libros en unos estantes, televisión con cable, discos de Radiohead. Ver esas pocas cosas de la intimidad de Mónica lo desilusionaron, le pareció que ella era un embole. No así su madre, que tras media hora de conversación le pareció divina. Bueno, esto también hay que aclararlo, a Lorenzo Ibañez siempre le gustaron las minas grandes, más grandes que él, casi tanto como su madre. En la adolescencia se hacía pajas pensando en su tía, que no era parecida a su madre, pero.. en fin. Mucha terapia este pibe, igual sigue siendo un pajero. Eso no importa ahora.

No se pueden imaginar lo que era verlos de la mano por la Reserva un domingo a la tarde o los sábados a la noche cuando iban al cine a ver alguna película a la Lugones. Lo más gracioso fue cuando se cruzaron con Mónica y un flaco. No iban de la mano. Para ese entonces a Lorenzo le chupaba un huevo lo que pudiera pensar Mónica de su madre y de él juntos, pero no pudo dejar de pensar que el flaco era un pelotudo. Vieron cómo son las cosas. Es como cuando vas un viernes al supermercado y ves a esa manga de giles comprando papitas, queso, aceitunas, Fernet, Coca-colas, Heineken; todos riéndose de cualquier boludez, pero lo cierto es que cada tanto a uno le toca eso: ir al Coto a comprar cosas con los amigos y reírse de cualquier pavada y no entender por qué los demás tienen esa cara de amargados. Esa noche, de todas formas, Lorenzo no se sintió un perdedor, estaban contento con Beatriz de la mano y Mónica… ahora, le parecía una mina que no valía la pena.

Aquella noche mientras Mónica trataba de deshacerse del cadáver de Mimí dejándolo en un contenedor porque no se animó a ir al parque, Lorenzo miraba el escote de Beatriz. Cuándo Mónica estaba juntando fuerza para arrojar la bolsa con la gata Lorenzo estaba mordiéndole un pezón Beatriz.  Cuando escucharon el ascensor y a Mónica llorar antes de entrar se separaron en un suspiro de susto y excitación.  Lorenzo tuvo que abandonar su actividad manual, la de sacarle la tanga negra a Beatriz y la de explorar la humedad de sus carnes. Cuando entró Mónica, le abrió la puerta su madre, todo estaba en orden. Excepto la chabomba de Beatriz que quedó debajo de un almohadón, que fue lo primero que movió Mónica al sentarse junto a su madre. No dijo nada.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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2 respuestas a Asado con Mónica, postre con Beatriz

  1. pablo diablo dijo:

    JJJJJEEEEE JEEE

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  2. Publize dijo:

    Buenas,

    hemos leído tu blog, y nos gustaria que te unieras a nuestro proyecto de literatura en la red social Publize.

    Si tienes interes, puedes escribirnos a contacto@publize.como entrar en http://www.publize.com para más detalles.

    Saludos

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