Natacha

En el 2009 daba vueltas en el parque durante una hora por día. Vueltas y vueltas. Si uno sale a caminar a la misma hora todos los días, o más o menos a la misma hora, se encuentra con la misma gente. Las mismas caras, lo mismos cuerpos, casi siempre enfundados en la misma ropa deportiva. Nadie tiene mucha ropa deportiva, o no al menos esa gente que sale a caminar porque el médico les dijo que les haría bien para bajar el colesterol.
Un día vi a Natacha. Me pareció linda, rubia un poco insulsa, como las que me gustaban a mí. Ella caminaba en el sentido de las agujas del reloj, yo en el sentido contrario. Vuelta, mirada, vuelta, mirada; mirada, gestito, mirada, gesto; gesto, movimiento de boca, gesto, saludo. Días, y más saludos.
Llegó el momento en que caminábamos en sentido de las agujas del reloj cada vez que nos encontrábamos. Natacha tenía mi edad, 30 años, vivía con su padres, nunca había trabajado, en nada. Estudiaba medicina. Iba a meditación, hacía yoga, todo, junto a su madre.
Una día nos cruzamos a la noche, vivíamos a una cuadra de distancia. Ella salió a comprar el pan para la cena. Nos pusimos a hablar, un rato largo, la seguimos en la puerta de su casa. Pasaron unos viente minutos y apareció una mujer en desabillé por la puerta de calle. Era hermosa. Nos presentó y seguimos hablando.
Durante unos meses fuimos buenos vecinos. Caminábamos en el parque, merendábamos cada quince días. No teníamos nada en común, pero por algún motivo podíamos escucharnos. Nunca dejábamos de hablar. Natacha tenía un novio de la facultad, como dije estudiaba medicina – estudiaba en una universidad privada. Era una relación que siempre me sonaba, cuando hablaba de ella, a compromiso. Todo sonaba un poco así. Vivir con los padres, no trabajar, tener ese novio, estudiar una carrera.
En aquel momento mi vida era un caos. No veía a nadie, apenas mantenía contacto con el mundo con mis caminatas en el parque. Lo único que hacía era sostener un trabajo para comer. No era llamativo que pudiera sostener esa relación con esta mujer que parecía una niña a la que, de vez en cuando, aconsejaba. Así como nos cruzamos un día, otro, dejamos de vernos.
Eso fue en enero de 2009.
Creo que fue en el 2011 que me crucé con su madre en el subte. Hermosa, radiante con un vestido azul. Esa misma semana vi a Natacha en el super de los chinos de la esquina – a ese super no voy más porque el empleado peruano que tienen siempre me hablaba de culos delante de las propietarias de los mismos y era muy incómodo. Cuando la vi apenas pude mover la boca para saludarla. Estaba fea, abandonada, descuidada. Lo peor, lo peor fue que cuando la miraba, sin poder saludarla aparece Miriam, preciosa, saludable, vestida con una pollera azul oscuro y una blusa de un azul claro que le resaltaba el celeste cielo de sus ojos. Saludé primero a la madre. Esa fue la última vez que vi a Natacha.

El resto, los restos. Tres patrulleros, una ambulancia, un camión de bomberos. Una mañana de octubre de 2011 encontraron a Natacha colgada de una soga. La soga estaba atada a la baranda de una escalera que subía a la terraza.  A Natacha se le fue todo de las manos. Los vecinos se juntaron para ver qué pasaba, yo volvía del parque.

La semana pasada me crucé con Miriam. Vestido azul, zapatos negros, su pelo rubio suelto. Me reconoció en la calle de vereda a vereda, cruzó y me saludó. Me preguntó cómo estaba con una sonrisa en su boca.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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