Líneas oblicuas

El sábado Daniel se levantó temprano para ir a la oficina. Estaba en el comedor de la casa de Mariana desayunando un vaso de Coca-cola con una Bayaspirina. Mariana estaba frente a él, cerca de la puerta. De repente desapareció.

Alguien golpeó la puerta. Mariana estaba del lado de afuera del departamento con el diario en la mano.
– ¿Qué hacés afuera? ¿En camisón?
– Pero…

Con la puerta aún abierta Daniel pudo ver que había gente en el pasillo. Restos de una aparente fiesta. Habían sacado, los festejantes, un banco al pasillo. No como los de una plaza, sino más bien como los de una heladería. Estaban descansando sobre el banco y sobre el piso, vestidos de colores chillones. Cuando Daniel echó un vistazo lo miraron con cierta curiosidad, con una sonrisa en los rostros pálidos por el desvelo.
– ¿Mariana no te das cuenta de lo que pasó? – Dijo Daniel cerrando la puerta
– Estoy dormida aún…
– ¡Saliste sin abrir la puerta!

Mientras trataba de explicarle lo que había pasado, una chica de las que estaba en el pasillo se hizo presente en el comedor. Apareció sentada al lado de Daniel, sonriente como los chicos del pasillo. Con las manos entre sus piernas como si las estuviese calentando con su cuerpo. Tenía un suéter de muchos colores. Flequillo rubio.
Abrieron la puerta para que salga. No pareció sorprendida en ningún momento. No habló, sólo mantuvo la sonrisa en su carita rosa sin ninguna otra reacción.
Cuando salió la visitante inesperada Daniel miró la hora en el reloj de su teléfono. 9.15.
– Mierda, se me hizo tarde.
– Llamá y decís que llegas tarde…
– Pero no entiendo, si me levanté antes de las 8.
– Sí, pero el tiempo vuela.
– ¿Te das cuenta de lo que acaba de pasar? – Daniel pensó en las posibilidades de no ir a trabajar y solucionar algunos detalles por teléfono para poder faltar tranquilo. –  No me siento bien, talvez no debería ir al laburo.

Finalmente decidió salir, ir caminando al trabajo, tomar un poco de aire y terminar de despertarse. Lo que había pasado no podía ser entendido de ninguna manera, como cuando va en la bicicleta y siente que se mueve oblicuamente y no en las líneas que la dirección de las ruedas deberían dirigir. Estaba preocupado por si alguien más podría entrar a la casa de Mariana a pesar de tener la puerta tres llaves. Luego de varias cuadras de aire fresco pudo pensar en otras cosas… pasó por la puerta de una librería – aún cerrada – y se acordó de un libro que se publicó recientemente. Repasó, mentalmente, la lista de su cuaderno de libros que le “faltaban”.
Cuando llegó al trabajo eran las 8.45. Aún no estaban abiertas las puertas.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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