Botas

Juan consiguió un trabajo. Lavaba autos en un lavadero de Avenida Eva Perón. Cerca de la estación terminal del subte E. Ya hacía muchos meses que estaba sin trabajo y sin un peso. Estaba acostumbrado a eso. Toda su vida fue pobre. Toda su vida vivió comiendo lo justo para vivir. Compartía con su madre una casilla en el bajo Flores. Sus veintitrés años pasaron allí. A Juan Consiglio siempre lo llamaron en el barrio Puto. Algunos hasta lo hacían con cariño. “Hola Puto”. Siempre callado, entre sus vecinos, en el colegio y en su casa. Su pelo rubio y su cuerpo enclenque, no ayudaron a generar una imagen masculina.
Un sábado, fue un sábado, después de cobrar una quincena de su laburo que le propuso a su amigo de la infancia, Marcelo Carrera, salir a tomar algunas cervezas en algún lugar con onda. Juan trataba de no mantener ninguna actividad en el barrio. Me estoy perdiendo un detalle…
A Marcelo nunca lo trataron de puto, ni de homosexual, pero un día de comenzó a vestir de mujer. De un día para otro empezó a usar ropas de mujer que conseguía en ferias o de sus amigas, ropa que no usaban. Marcelo se empezó a hacer llamar Evelyn.
Si hay algo que definía a los amigos no era su orientación sexual, si no más bien su condición social, eran pobres, muy pobres.
Como pobres que eran sus ropas iban acorde a la moda de cuatro décadas atrás, no es que las ropas tuviesen ese tiempo, pero eso parecían. Juan con su pelo rubio revuelto, con una expresión de que algo le faltaba; era su cara igual a un dibujo sin terminar, o un bosquejo difuminado. Evelyn estaba en un proceso extraño. Meses atrás había comenzado a tomar hormonas, en ese sábado, el sábado en que salieron los amigos a festejar que uno de ellos tenía trabajo, ya casi no se le notaba que tuvo la barba de un hombre.
Los pocos pesos que conseguía Evelyn eran para poder sostener su transformación. No podía comprarse ropas, ni mucho menos botas. Usó el mismo calzado por meses, en verano, con cuarenta grados de calor, y en otoño con mucho frío. Eran una especie de botas con la punta cortada que dejaban los pies al aire. Los dedos de Evelyn Carrera no eran muy lindos, eran gordos a pesar la de delgadez del resto de su cuerpo.

Ese sábado los amigos podían tomarse un respiro a pesar de no tener todo lo que hubiesen necesitado. Tomaron el subte luego de caminar muchas cuadras,- preguntaron en la estación donde subieron cómo llegar hasta Palermo – hicieron la combinación con la línea D.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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