Fantasías

Cada tanto recibo algún comentario el blog, en general son buenos, no son muchos. Una vez alguien me dijo que leyó algo que la impresionó y que no iba a leerlo nunca más. Me gusta mucho cuando la gente cree que lo que escribo es algo que realmente me pasó.

Hace unos meses una mujer – a quien llamaré en estas líneas Isabel – me comentó cuánto le gustaba mi blog. Sobre todo hizo hincapié en los contenidos sensuales de los relatos y me confesó que algunos elementos le sugerían muchas cosas más de las yo contaba. Una prenda femenina le convocó hechos que finalmente no ocurrían en mi historia. Uno siempre espera que le pasen cosas a los personajes ajenos, por su bien o por nuestro divertimento.

Isabel me contó que ella intentaba escribir, pero que sólo le quedaba tiempo para su vida dedicada a los planos y no la daba el tiempo para dedicarse a la ficción. Aún así me envió un relato que tenía todos los elementos como para ser, sin duda, un cuento breve. Sólo le faltaba un desenlace. Ella me propuso que lo termine o que haga con su texto lo que yo quisiera. La verdad es que no me sugería algo que me pudiese apropiar.

La historia era sencilla: el personaje era una mujer que estaba enamorada de un hombre que conoció en la adolescencia y se lo reencontraba en el Facebook. Vivían en ciudades distantes y ella no estaba dispuesta a engañar a su marido y padre de sus hijos.

Cuando leí eso pensé: esto parece algo que la pasó a ella. Eso es lo peor que uno puede pensar de un autor, no creer que pueda inventar algo original. Pero en este caso…

Un día coincidimos con Isabel y fuimos almorzar. Los dos teníamos un rato libre y conversamos bastante – mientras yo le entraba el bife con puré. Isabel, al igual que la mujer del relato, está casada y con dos hijos. Su marido me parece el tipo más copado del mundo, por lo que me cuenta. Está por completo concentrado en su trabajo, es excelente compañero con ella y excelente padre. Pero, para ella, tiene un defecto: no es amoroso como cuando eran novios. Yo casi le digo: ah, pero vos sos una boluda, pero no lo dije. En lugar de hablar callé y escuché lo que tenía para decirme.

– Me acuerdo siempre de un viaje a Córdoba que hicimos apenas no conocimos. – Me contaba esto y me miraba asombrada de que estuviese por mi segunda botella de litro de Heineken – El recuerdo que tengo es despertarme en la carpa y sentir su cuerpo fibroso y su aliento dulce, sacó de la bolsa de dormir un cuaderno y me leyó un carta que me había escrito, luego me mostró un dibujo de mi cuerpo desnudo. Yo quiero vivir así enamorada, que me haga mimos todo el tiempo, pero cuando nos despertamos un domingo, tarde, los chicos están encima de nuestra cama esperando al padre para ir a jugar a la pelota. No nos dejan tiempo ni para tomar mate.

Hace unos meses Isabel conoció a otro hombre. Casualidad, se cruzaron por trabajo, Isabel viajó para ver una obra, ella es arquitecta. Se enamoró del modo más platónico posible. ¿O fue pudor? ¿Fue miedo?

Una noche cuando estaba terminado su trabajo en esa ciudad del sur de Brasil, Isabel borracha, llegó a besar a su hombre de tránsito. No se animó a dejarse desnudar, pensó que no quería que la viese desnuda porque no le gustaba su cuerpo de niña, con sus tetitas iguales a cuando tenía 15 años. Cuando me contaba esto dijo que sintió miedo, como cuando era niña que imaginaba que de noche la miraba “un fantasma como una nube con ojos de papel”.

Su amor platónico continuó a la distancia con mensajes de texto y mails. Que por lo que me contó no tenían mucho peso más que el de la histeria mutua. Sobre todo la de ella, que no hubiese estado dispuesta a acostarse con otro hombre.

Si el marido de Isabel fuese amoroso como cuando eran novios, sería un tipo insoportable y ella estaría podrida de vivir con un pelmazo. Por el contrario esa carencia hace que busque algo que ni siquiera quiere: otro hombre. Esa búsqueda la angustia en algún punto porque no es algo que pueda vivenciar y regresa a casa de cada viaje corriendo a ver a su amor de toda la vida. Claro que la vida juntos no es como hace doce años atrás. Ya no es como cuando en las sierras de Córdoba el arroyo bañaba las piedras con su agua dulce. Ya no es el cielo de un color violeta, al atardecer, como de otro planeta.

¿Qué sería la vida sin el hambre?

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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