Suspiros

Cuando era chico una de las cosas que más disfrutaba era estar en compañía de mi madre y su hermana. La tía Laura es mi tía preferida. Siempre fue el nexo entre todos los hermanos de mi madre; además de ser la más divertida. Se ocupaba, y ocupa, mucho de sus hermanos, que son muchos. Por ende, y sin dar rodeos, es la tía preferida de todos sus sobrinos.

Pero volviendo a los ochentas… en esa época nuestro contacto con el mundo era el televisor, en ese momento blanco y negro en mi casa. Los momentos para ver la tele eran precisos y estaban bien pautados por la misma programación. Si no íbamos a la escuela se veía la tele desde las once hasta la una, del mediodía, por ejemplo. Por la tarde casi no veíamos televisión porque nos las pasábamos en la calle, me refiero a mi hermana y a mí. Teníamos distintas amistades. Siempre fue así. Normalmente yo tenía un amigo o amiga a la vez. Nunca pude verme involucrado en grandes grupos o barras. No digo que a veces no jugáramos en grupos, pero siempre tuve amigos, en general importantes, escalonadamente. Marcelo, Cecilia, Edgardo, Hernán, luego vinieron los de la escuela.

Volviendo a los medios de comunicación. Teníamos la televisión y con eso nos alcanzaba. Y yo tenía a mi madre y mi tía… los sábados que venía mi tía hablaban hasta que la lengua les decías basta, sin parar. Hablaban de sus hermanos, de la tía Victoria, de la tía Filomena, de Orlando, de Rogelio, de Eugenio, de… en fin. No sé de qué hablaban puntualmente. De mis tíos seguro, de las cartas que recibía Laura del campo y le daba a leer a mi madre y comentaban, de sus primas, de otras parientes que yo no había visto nunca, supongo que hablarían de nosotros: de mí y mi hermana. En medio de esas charlas, luego de la cena, a veces jugaban a las cartas – en ese momento a la lotería no porque eran pocos los jugadores, mi hermana tenía tres y yo cinco años – mientras mi mamá tomaba su copa de licor, en esa época licor de café. O, a veces, quedaban sujetas a la programación del tubo blanco y negro.

Sí, voy a hablar, para placer y regocijo de todos, de Función privada. Siempre a las 22, en horario de protección al menor daba inicio el programa. Los conductores del programa se saludaban ante las cámaras como si recién se viesen esa noche. Creo que lo que más recordamos todos es que los conductores, cuando terminaba la película estaban borrachos; o al menos, eso fue lo que permaneció en el imaginario colectivo. Para mí tomaban whisky, pero tengo el recuerdo de un balde con una botella de champagne. Como sea: tomaban. Las presentaciones eran breves, pero muy buenas. Me acuerdo de una en particular. Tendría unos once años cuando presentaron Mi hermosa lavandería.

Hablaron de un joven escritor inglés, que en sus obras hablaba de personas marginales, resumiendo. La película me pareció genial. Todo, el personaje que al ser medio morocho, no era como los ingleses, así como yo era morocho por ser hijos de provincianos. El personaje tenía el padre enfermo y tenía que trabajar y su tío lo ayudaba. Trataba de voltearse a la prima, pero termina en brazos de un rubio, Daniel Day Lewis. En esa parte me acuerdo de que mi madre se sintió un poco incómoda. Yo también, pero no me disgustó. Así como no me disgustó cuando Omar besa a la prima, o como no me disgustó ver a la novia inglesa del tío. Lo bueno es que a Omar, le pasan cosas, logra superar muchos obstáculos, la enfermedad del padre: alcoholismo, ser un paki para los matones de su barrio, en medio de eso descubre que se siente atraído por muchas personas. Años más tarde le pediría un autógrafo al autor del guión de Mi hermosa lavandería. Cuando leí El buda de los suburbios no sabía que Hanif Kureishi era el autor de Mi hermosa lavandería, pero desde un principio lo sospechaba: estaba hablando de lo mismo en los dos textos. Cuando vi esa película tenía once años.

Unos seis años antes estaba un sábado con mis dos mujeres preferidas cuando pasó algo que me marcó para toda la vida. No sé el nombre de la película. Era una película argentina. Función privada siempre fue plural en todo sentido. No me acuerdo de la trama, para nada, seguramente no era importante, o no lo era para mí que tenía cinco años. Hubo una escena… un hombre va por una calle. La cámara lo enfoca desde la vereda de enfrente, desde atrás, la cámara está a la altura de las rodillas del personaje. Se lo ve entrar a una casa. Una casa de esas viejas de algún barrio de Buenos Aires. La puerta de entrada era de dos hojas, de madera. A continuación recuerdo una habitación alta. En ella espera a nuestro héroe un hombre de bigote negro y poco pelo, un tanto desalineado, camisa a cuadros y un chaleco azul espantoso. En contraste, al primer personaje se lo ve bien vestido, llevaba saco y corbata, bien afeitado y prolijamente peinado.

No recuerdo el diálogo entre ellos, recuerdo la cara de libidinoso del bigotudo cuando le ofrece una prostituta al pulcrito. Éste la rechaza. Hasta ahí todo… el primero se va y queda bigote y le da besos en las nalgas a la mujer de unas caderas impresionantes, por no decir un orto increíble. Sin duda la imagen fue fuerte. Esas curvas, las medias negras y el portaligas… el cliché de la película porno clásica que no muere nunca.

Como dije no había mucho que hacer en esa época: la televisión, las cartas para quienes jugaban a las cartas. No era mi caso aún. Los niños corrían libres por las calles sin la mirada de los padres – sí, es como si hablara de otro mundo, pero sólo pasaron treinta años. Con mi hermana jugábamos con una vecinitas… ya se habrán imaginado. No tengo idea de cuánto tiempo habrá pasado, pero en breve traté de poner a las dos vecinitas desnudas y como si fuera poco con una intenté besarle las nalgas y lo logré. Nuestros juegos de desnudos continuaron. Lo hacíamos siguiendo una palabra clave. En cuanto era pronunciada todos a desnudarse el galponcito – donde se guardaban las herramientas, máquinas de cortar pasto, una bicicleta, etc. Todo siguió, me imagino que no mucho tiempo, hasta que la madre de las niñas me encontró con los pantalones abajo. Después dijo a mi madre: “estaba Martín con todo al aire”. ¿Todo al aire? Pero si tenía cinco años. En fin… hay gente más impresionable que uno.

Creo que desde ese momento, me refiero, a ese beso de Bigote en las caderas de esa voluptuosa mujer, no me avergüenzo, no dejo de pensar en mujeres o en sexo o en besos o en cómo será el amor, o en pornografía. Alternativamente esas caderas cobran múltiples significados y los significados múltiples sentidos.

Gracias Función privada.

Acerca de Daniel Altamiranda

Daniel Altamiranda: Frente a la vieja dicotomía de escribir parado y bailando (Escritura Dionisiaca) o sentado (Escritura Apolínea) prefiero escribir comiendo.
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